DUKE ELLINGTON por Francisco Javier Irazoki

viernes, octubre 12, 2012

Francisco Javier Irazoki (Lesaka, Navarra, 1954) fue miembro del grupo surrealista CLOC. La Universidad del País Vasco editó en 1992 toda la obra poética que Irazoki había escrito hasta el año 1990. El volumen, titulado Cielos segados, comprende los libros Árgoma, Desiertos para Hades y La miniatura infinita. La editorial Hiperión le publicó en 2006 el libro de poemas en prosa Los hombres intermitentes. Desde 1993 reside en París, donde ha cursado diversos estudios musicales: Armonía y Composición, Historia de la Música, etc.










                            DUKE ELLINGTON 

         En su niñez y juventud, no hay indicios que anuncien que Edward Ellington (Washington, 1899 – Nueva York, 1974) vaya a inscribir su nombre en la historia del jazz. Es un alumno lento, tratado con condescendencia, al que le cuesta interesarse por los cursos de una profesora de piano. Sólo el deporte sacude su pereza.  
         Tampoco recibe trato de inferioridad por ser negro. El padre, servidor de la alta burguesía blanca, le enseña el lenguaje selecto, y el muchacho imita los modales aristocráticos. Un amigo zumbón otorga a Edward el título que pasará a ser el sobrenombre del pianista indolente: Duke (duque).  
         Iba para dibujante, y gana un concurso de pintura, pero vuelve a la música cuando escucha al pianista Doc Perry. El Duque, que ha apartado las fantasías nobiliarias para ganarse el sustento con un traje de camarero, aprecia lo que antes rechazaba. Estudia, rememora con velocidad repentina, analiza pacientemente los discos de James Price Johnson. Compone sus primeros temas y forma The Washingtonians, la orquesta con la que parte al asalto de Nueva York.     
        Los balbuceos iniciales suenan en el Kentucky Club, donde la banda de Duke Ellington intenta su cohesión durante cuatro años. El ensamblaje perfecto ocurre en el célebre Cotton Club. En 1927, son once músicos a las órdenes de Ellington, que pule el jungle, estilo evocador de los retumbos de la selva. La voz de Adelaïde Hall, los metales, la batería y el piano provocan el entusiasmo con su descarga mientras las cifras financieras del país parecen adecuarse a ese terremoto musical. Duke escribe unas disonancias proféticas.
        Surge el éxito, y dos composiciones espurias de Ellington (Comme back to me, un vals-jazz, y Caravan, predecesora del jazz latino) tapan sus obras menos fáciles. Bagatelas frente a un goce: la colaboración con Billy Strayhorn, culto mozo de café que trae el segundo piano al grupo. Van a trabajar unidos por el diálogo sobre las obras contemporáneas. “Strayhorn es mi oído”, confiesa Duke, y diremos que es además alguno de sus dedos, porque quién sabe cuál de los dos amigos arregla o interpreta determinados fragmentos.
        Bombardea con música en la Segunda Guerra Mundial. Muchas grabaciones de Ellington (Jack the bear, Bojangles, Conga brava, In a mellotone, etc.) consuelan a los soldados norteamericanos que disponen de una radio y, cuando llega la paz, el artista es aclamado en giras por varios países. Desarrolla entonces una pieza acaso más importante que el jungle: la suite orquestal. No copia. Utiliza la estructura de la suite clásica, pero le estampa su sello inconfundible. Dos obras mayores (Such sweet thunder, Suite thursday) destacan entre otras de calidad notable (Liberian suite, A tone parallel to Harlem; o el emotivo homenaje póstumo a Billy Strayhorn,  And his mother called him Bill).
       La lista de estrellas del jazz que han brillado con Duke es larga: Ella Fitzgerald, Louis Armstrong, John Coltrane, el supuesto adversario Count Basie..., y del encuentro con Charles Mingus y Max Roach nos queda un álbum sugestivo: Money jungle.
        La última década de la vida de Duke Ellington está especialmente marcada por la religión. Su música sacra, con vetas sensuales, llega a las abadías y catedrales americanas o europeas. Los aficionados parisienses hablan aún de un concierto que el pianista dio en la iglesia de Saint-Sulpice.      
        Muere de neumonía en 1974. También en la hora final necesita la orquesta: Harry Carney y Paul Gonsalves, sus inseparables saxofonistas, mueren en el mismo año.


FRANCISCO JAVIER IRAZOKI
(Del libro “La nota rota”; Hiperión, 2009)
                

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