CICLO DE CINE ARREBATADO: ENTER THE VOID, por Samuel Sebastian.

viernes, noviembre 15, 2013

Samuel Sebastian es un escritor y cineasta valenciano. Hijo de la pintora Ester Rodríguez Ro. Licenciado en Historia del Arte, obtuvo el premio extraordinario de licenciatura y después inició su tesis sobre los documentales de la guerra civil española y la memoria histórica. Igualmente, ha realizado el Máster de Guiones de la UIMP - Valencia.
Su trabajo como cineasta comenzó en 2005 con el rodaje de la película experimental El primer silencio (2006). Desde entonces ha alternado el rodaje de películas de ficción y documentales sociales con la realización videocreaciones y videoclips.
Sus películas han sido exhibidas en festivales de todo el mundo como, entre otros, el de Cusco (Perú); San Diego (Estados Unidos); La Paz (Bolivia); Rosario y Buenos Aires (Argentina); Lisboa (Portugal); Bilbao, Madrid, Sevilla, Córdoba, Barcelona y Valencia (España); Bolonia, Milán y Turín (Italia); París (Francia); Johannesburgo (Sudáfrica); Melbourne (Australia) o Daklah (Marruecos). Ha obtenido diversos reconocimientos como el de mejor documental español en el Festival de Madrid por La Moma (2007) o el de mejor documental valenciano de 2009 por Las migrantes (2009). También, obras como El primer silencio (2006), La Moma (2007), Las migrantes (2009) y varias de sus videocreaciones han sido proyectadas por diferentes canales de televisión.
En la actualidad, su documental La pausa dels morts (2011) ha sido proyectado en diferentes festivales internacionales y prepara un nuevo largometraje de ficción para 2012.
Como escritor ha obtenido diversos reconocimientos: finalista del premio internacional Pablo Rido por La ciudad de la luz (2005), segundo premio en el certamen La Nau - Universitat de València por Un invierno sin Vera (2006) y finalista del premio Isabel Cerdà de narrativa breve por Les cartes de Lilit. Ganó el XXXVII Premio Octubre de Teatro por Les habitacions tancades (2008).

CICLO DE CINE ARREBATADO: ENTER THE VOID
07 Enter the void

Pensar que Gaspar Noé pueda saltar al vacío después de haber hecho películas como Irreversible o Solo contra todos es una idea inquietante. Noé es un director arrebatado, que se deja llevar por la creación artística sin importarle ni cual será el punto de partida ni mucho menos el de llegada. Por esa razón, cuando concibió Enter the void decidió que los espectadores debíamos vivir una experiencia que atravesara nuestras vidas, que nos llevara desde este mundo a otro más allá de nuestra propia existencia. Así, el protagonista de esta película, atraviesa el umbral de la vida y se encuentra flotando entre los muertos durante toda la película, observando cómo continúa la vida en su ausencia y, en particular, la de su hermana a la que le unía una fuerte relación. Noé destroza todos los tabúes en su demoledora visión de la vida a través de la muerte, que ya es de por sí un tabú: las drogas, el sexo, las miserias del mundo civilizado, la violencia y el deseo caben en una película lisérgica por definición en la cual el ciclo de la vida queda completado una vez finaliza este salto al vacío.

Cuando entramos en el vacío, sentimos el mismo placer melancólico que siente el protagonista. La muerte que plantea Noé es como una vida desasida de sentimientos, en la que no se puede intervenir ni gritar ni llorar, solamente observar impasiblemente las tristezas y miserias del mundo de los vivos. Caben los recuerdos, caben los placeres perdidos, los recuerdos de los momentos que nunca reaparecerán, pero es precisamente esa muda quietud de la muerte lo que inquieta de la película. Más de una vez, deseamos que los muertos intervengan en el mundo de los vivos, que se rompa esa maldita barrera que nos separa sin embargo, a medida que la película avanza, entendemos que eso no forma parte de las normas del juego, que hubiera sido demasiado fácil siquiera sugerir que nuestro mundo y el de los muertos pudieran comunicarse.

La perturbación que nos muestra Noé cuando entramos en el vacío es la misma que tenemos cuando salimos. No importa lo que hayamos sentido, visto, u oído. Más allá del vacío no hay nada, nosotros podemos llenarlo con nuestras distracciones mundanas, pero al final, no quedará nada. Y eso es lo que más nos aterra.