DIZZY GILLESPIE por Francisco Javier Irazoki

viernes, noviembre 08, 2013

Francisco Javier Irazoki (Lesaka, Navarra, 1954) fue miembro del grupo surrealista CLOC. La Universidad del País Vasco editó en 1992 toda la obra poética que Irazoki había escrito hasta el año 1990. El volumen, titulado Cielos segados, comprende los libros Árgoma, Desiertos para Hades y La miniatura infinita. La editorial Hiperión le publicó en 2006 el libro de poemas en prosa Los hombres intermitentes; en 2009 La nota rota, semblanzas de cincuenta músicos; y, en 2013, Retrato de un hilo, libro de poemas en verso. Desde 1993 reside en París, donde ha cursado diversos estudios musicales: Armonía y Composición, Historia de la Música, etc.







DIZZY GILLESPIE



         ¡Cuánto ha sufrido este hombre reidor! Es difícil encontrar una imagen en que no se le vea risueño o en actitud cómica, pero las humillaciones son el trasfondo de su energía.
         La infancia de John Birks Gillespie (Cheraw, Carolina del Sur, 1917 – Englewood, New Jersey, 1993) se asemeja a la de cualquier niño negro del Sur norteamericano en las primeras décadas del siglo XX. El padre, albañil, lucha por el futuro de sus nueve hijos y se divierte tocando el piano en orquestas de amigos. Todos los escenarios en los que actúa tienen el mismo decorado: la discriminación racial.
         Una sociedad de músicos guarda los instrumentos en el granero de la familia Gillespie, y desde entonces el sitio es el escondite del pequeño John. Pasa las tardes en el empeño de aprender a solas las claves del trombón y, al ofrecérsele en 1933 una plaza en el instituto Laurinburg, sigue con gozo los cursos de trompeta y Armonía. Fuera de las aulas, el segregacionismo persiste. En la edad adulta refiere la historia de cuando sale de un café y lo aborda un hombre blanco que empuña una pistola y le pregunta: “Dime, negro, ¿sabes bailar?”. Sin atender la respuesta, el racista dispara a los pies del adolescente Gillespie, que con su danza de pánico esquiva los disparos.   
         A los veinte años, ya trompetista del grupo de Teddy Hill, se le conoce por el apodo fijado en los carteles: Dizzy (casquivano). Infla exageradamente las mejillas y transmite una hilaridad que combina con el rigor artístico. Hill declara que varios músicos no desean trabajar con el bromista, pero define a Gillespie como el integrante más minucioso y fiel de su conjunto. Lo mismo dice el siguiente jefe, Cab Calloway, aunque éste lo despide porque el joven propone un jazz renovado y su trompeta emite “notas chinas”.
         La rebelión de Gillespie se denomina be-bop, y sus componentes son la asimetría, el silencio y las improvisaciones melódicas. Al concluir la Segunda Guerra Mundial y el reinado del swing, Dizzy colabora con Charlie Parker. Los dos hermanos espirituales de carácter opuesto se han unido en la banda del pianista Earl Hines, ensayando con los cantantes Sarah Vaughan y Billy Eckstine. Yo los contemplo en un reportaje televisivo. El saxofonista doliente crea compases insólitos; el compañero jovial lo respalda. Y continúan juntos después de los conciertos, cuando Parker se envenena en algunas covachas de Los Ángeles.
         El big band de Dizzy Gillespie es una escuela de tolerancia, y en ella encuentran acomodo Thelonious Monk y John Coltrane. Luego Gillespie baja a los sótanos de los clubes del Harlem, o se presenta en el bar Minton’s, y repentiza con Max Roach. O con Chano Pozo, el percusionista habanero que fue limbiapotas y vendedor de periódicos y cuyos ritmos colocan las composiciones de Dizzy cerca del jazz afro-latino. Comparten el éxito del tema Manteca.
         Hablo de un hombre que contiene una muchedumbre de personajes. Escribe un libro de memorias con título divertido (To be or not to bop), donde expresa nostalgias, reflexiones y cordura política; graba muchos discos (School days, The champ, Duets, Dizzy mood’s, etc.); canta bastantes canciones y logra la maestría en el scat; practica la religión Baha’i para combatir el racismo. También aspira en dos ocasiones a la presidencia de EE UU y cumple funciones de embajador musical en Oriente Próximo, Europa y América Latina. Dudo que otros imperios hayan tenido una representación tan amable.
         Pone su ironía serena en la película The Miles Davis story, y apunto las frases mientras un cáncer de páncreas acaba con las risas de Dizzy Gillespie.
         Antes de escuchar su música nunca pensé en la existencia de un dolor alegre.

FRANCISCO JAVIER IRAZOKI
(Del libro “La nota rota”; Hiperión, 2009)