ERIC BURDON por Francisco Javier Irazoki.

viernes, mayo 09, 2014

Francisco Javier Irazoki (Lesaka, Navarra, 1954) fue miembro del grupo surrealista CLOC. La Universidad del País Vasco editó en 1992 toda la obra poética que Irazoki había escrito hasta el año 1990. El volumen, titulado Cielos segados, comprende los libros Árgoma, Desiertos para Hades y La miniatura infinita. La editorial Hiperión le publicó en 2006 el libro de poemas en prosa Los hombres intermitentes; en 2009 La nota rota, semblanzas de cincuenta músicos; y, en 2013, Retrato de un hilo, libro de poemas en verso. Desde 1993 reside en París, donde ha cursado diversos estudios musicales: Armonía y Composición, Historia de la Música, etc.





ERIC BURDON 


         Es marzo de 1992, y los carteles anuncian el concierto de Eric Burdon en Puente la Reina, pueblo navarro de unos dos mil quinientos habitantes. Para convencerme de que no es una broma del surrealismo local, acudo a la cita.

         No sé con qué ardid consigo entrar en la discoteca antes que ésta se abra al público. Recorro la sala, un sitio idóneo para almacenar productos agrícolas y aperos de heavy metal. Aquí está Burdon, como un labrador que, indolentemente acodado en la ventana, espera la caída de una fina lluvia de espectadores sobre su tierra de rhythm’n’blues cultivada durante más de treinta años. Paso diez minutos en silencio junto al hombre pequeño y fuerte.

         Cuando se va al camerino, recuerdo que la niñez de Eric Burdon transcurre en una ciudad minera, Newcastle-upon-Tyne, donde ha nacido en 1941. La familia obrera le aguanta su juventud impertinente, la afición a la música de los negros americanos, los estudios de grafismo y la militancia en el conjunto The Animals, al principio liderado por el organista Alan Price. Burdon, que ya tiene fama de cuidadoso, empieza a interpretar las composiciones de Bob Dylan y Ray Charles con una contundencia escénica desconocida entre los jóvenes ingleses. Pero triunfa gracias a una canción anónima, The house of the rising sun, y la banda no aprende a digerir el éxito; termina ahogándose en la oleada hippy. El guitarrista Hilton Valentine se encierra en un hotel y Eric pasea por los despeñaderos del LSD.

            Eric Burdon, recuperado, crea New Animals y con ellos graba cuatro álbumes. Deja en el festival de Monterrey una versión valiosa del Paint it black de Rolling Stones, como después mejora el Nights in white satin de Moody Blues. De súbito, la marginación. A finales de la década de los sesenta se hace amigo de los activistas de Panteras Negras y acompaña a una orquesta que actúa en las cárceles. La industria discográfica le responde con indiferencia, y el confllicto entre los patrones y el artista se llama silencio. Burdon trabaja con un grupo californiano de soul-funk, War, o un cantante de jazz y blues, Jimmy Witherspoon. Libre, se abre paso en la faceta de comediante, publica sus memorias y compila los primeros discos en dos estuches: The complete Animals y Inside looking out.

          En España, el filósofo Gabriel Albiac escribe “soy un póstumo” y calcula las exiguas rentas con que resiste al descreimiento: “Quedan tan pocas cosas ya, fuera de mi biblioteca... La filmoteca, algunos viejos discos de Eric Burdon”.Por fin Eric empuña el micrófono, y me pregunto cómo van a sonar sus canciones entre los regüeldos de los bebedores de cerveza. La duda se disipa tras el primer tema y no regresa en toda la velada. Contra las deficiencias del recinto, sobre una escueta base rítmica, la voz sube y sube.

               Nunca he visto a lo rudimentario ceder tan rápidamente ante la calidad. Burdon envejece, pero no el buen gusto, y, porque no necesita inventarse tragedias, dice con distinción su desgarro. Este detalle lo emparenta con los bluesmen primitivos: canta sin dolor comercial. El grito de Eric Burdon no es artificioso, sino que sale de la mina donde trabajaban sus antepasados. A media noche, cansado, se despide con sobriedad.


Me parece el músico más elegante del barrio de los pobres.


FRANCISCO JAVIER IRAZOKI

(Del libro “La nota rota”; Hiperión, 2009)