UN MAR SIN OLAS (UN RELATO DE ODIO), por Manuel Gris Lorente.

viernes, octubre 10, 2014



                Manuel Gris Lorente lleva escribiendo desde que tiene uso de razón, quizá incluso antes, pero como no tiene recuerdos de esa parte de la vida prefiere no arriesgarse a la hora de hacer una afirmación tan tajante.
                Influenciado por autores como Chuck Palahniuk, Charles Bukowski, Bret Easton Ellis, Janne Teller, Amy Hempel o Craig Clevenger su escritura está caracterizada por un uso de la locura y la anarquía literaria con la que intenta no dar pistas de qué va a pasar a continuación en sus relatos y novelas. De cuál será el siguiente paso.
                La escritura es una forma de escapar del mundo y lo que hay en él, de todo lo que nos para a la hora de ser nosotros mismos, tan intensa y rica, tan grande, que no sabe expresar ese sentimiento con palabras, así que no lo hace. Solo sigue adelante, sin tenerle miedo a la página en blanco, y con la seguridad de que cada letra que usa solo le da algo más de libertad.



UN MAR SIN OLAS
(UN RELATO DE ODIO)
Manuel Gris Lorente


Hoy brilla tanto el sol que, si decidieses quedarte en casa, acabarías sintiéndote como un subnormal solo porque los demás te han metido en la cabeza que lo estás haciendo  mal. Que no deberías ignorar lo que recomiendan los anuncios de barbacoas y de ropa deportiva, y de bañadores que te marcan el paquete tanto que tus espermatozoides saldrán al exterior completamente tarados.
A veces todo el mundo te dice lo que debes hacer y no permite que des tu opinión o hagas las cosas a tu manera. Que expliques la razón del paso que estás dando. Como si fuera obligatorio hacer un informe de cuanto decidamos.
Hoy es un día perfecto para morir.
Mi cuerpo se ha despertado antes de que sonase el despertador. Ansioso. Sin energías pero lleno de ganas de salir de la cama, ducharse, tomarse su dosis matinal de droga caliente con leche y dos cucharas de azúcar y, tras salir de casa, ir a trabajar.
Mi cuerpo me odia. Lo sé. Y por eso lo amo.
La mochila, que para no dejarme nada llené ayer, me mira desde la mesa del salón pidiéndome que la saque de ese rayo de luz solar que se cuela entre mis cortinas. Ese rayo que le está dando mucho calor y que me sigue recordando que hace un día increíble. Magnífico. Digno de una esquela.
Me la cargo a la espalda. Pesa. Perfecto.
El ascensor no es más que otro trámite, como respirar y pestañear, como cagar y mear, es algo que hacemos todo el tiempo sin saborearlo, sin disfrutarlo hasta donde deberíamos. Me miro en el espejo y me peino, saboreo el perfume de la anterior persona que lo ha usado, una chica, ya que huele a coco, y acaricio con mimo el botón que me lleva hasta el garaje. El ronroneo es constante, casi hipnótico, como la sinfonía de algún genio que murió pobre, como todas las personas que de verdad valen la pena en este mundo asqueroso y podrido.
Lo único que vale la pena en esta vida es aquello que no tenemos o no conocemos, lo demás son placebos con demasiadas luces de colores.
Mi moto se enciende a la primera, se nota que también tiene ganas de llegar.
Algunas veces, ahora no porque voy en la moto y tengo que estar atento a la carretera, pienso en lo que me impresiona ver la cantidad de gente que puebla mi ciudad. Tanta y tanta gente, tantas y tantas ideas y corazones y coños que no conoceré, que es imposible que conozca porque nadie quiere conocerse, pues solo viven para su trabajo, con el que pagarán sus casas, coches, electrodomésticos, condones, colegios y universidades de los hijos, residencias de sus padres, funerales de sus abuelos. Y después, vuelta a empezar. Siempre he pensado que se equivocaron al educarnos, nos dieron unos valores que no son los que debemos perseguir porque no nos hacen felices, no nos ayudan a reír ni a querer de verdad a nadie. Solo nos hace ser esclavos de un sistema que, a todas luces, está mal construido.
Pero ahora no pienso en esto. Estoy conduciendo.
Y, de todos modos, ya no importa que siga pensando en ello. Hoy no.
Siempre llego temprano al trabajo, unos minutos antes, pero es que no soporto retrasarme, es superior a mí, porque me digo, ¡oye imbécil!, ¿verdad que es la hora que te corresponde, la que has prometido cumplir?, ¡pues no te retrases! Y entonces salgo antes de todos lados, llego antes a todos lados, y espero en todos lados.
Soy como un mar sin olas, porque si algo no existe nunca vas a estar esperándolo.
Llego a mi poyata donde me encuentro todo lo que ayer dejé preparado para seguir con la investigación que, tras tres días de intenso trabajo, seguramente solo me dirá que me he equivocado y debo cambiar de rumbo para que mi hipótesis se sostenga, para que mi tesis tenga sentido. Para que todos estos años no hayan caído, ya no en un saco roto, si no en uno lleno de cadáveres de gatitos decapitados (este dato es metafórico, pues no podría investigar con gatos porque me gustan demasiado. Por eso lo hago con perros de la raza beagle).
Pero no me importa que así sea. Hoy no.
Me siento en mi mesa, situada en la otra punta del laboratorio, frente a mi ordenador, y no lo enciendo. No me hace falta. Coloco la mochila bajo mi mesa y la abro, meto mis manos en ella y saco lo que ayer le robé a mi primo en su casa. Fue verla, hace un mes, y tener una idea de las que resulta imposible abandonar, de las que te pasas días y días maquinando, de las que ves reales en el momento en que das el primer paso, que fue robarla ayer.
Sé que me perdonará. Sé que me entenderá.
Me apunto a la cabeza con la pistola de balines de mi primo. Voy a hacerlo, me digo, estoy harto de esto, y miro a mi ordenador donde, en su interior, se encuentra el motivo de todo este suplicio, de todos estos años de tragar mierda y más mierda. Maldita tesis, maldita universidad. Maldito orgullo. Me aprieto fuerte en la sien cuando, como un rayo, caigo en la cuenta de que un simple balín no me atravesará la cabeza, posiblemente no me mataría en el acto, así que opto por ponerme la boca del arma en el ojo, como un si fuese un periscopio a través del cual puedo ver mi futuro, mi final. Está todo oscuro.
Voy a acabar con todo, con este sin sentido que guía mi día a día. Con estos insultos constantes que soporto de mi jefa y mis compañeros.
Con los ojos cerrados, preparado para terminar de una vez, oigo como la puerta se abre.
¿Pero qué coño?
Por el sonido de tacones es la técnico de mi laboratorio. Siempre llega tarde, siempre, ¿por qué hoy tenía que llegar a su hora? En parte, para su estúpida cabeza con mechas de color caoba, es normal llegar tarde, es lo que tiene que tu madre le comiera el rabo al jefe que tocaba hace 5 años, que te dan un trabajo sin tener los estudios adecuados y encima nadie te dice nada por miedo a que tu mamá mueva algún hilo, que significa que trague otro orgasmo. Pero hoy, después de todos sus desprecios, después de todos esos errores que ha cometido y que he tenido que pagar yo debido a que, por su posición, nunca le salpica nada, ha tenido que escoger el día incorrecto para hacer algo bien.
Ha encendido una bombilla en mi cabeza que, sin dudarlo, dejo que me guie en este nuevo plan.
Ella me saluda, sin preocupaciones ni prisas, y yo me levanto y le digo adiós en el mismo momento en que le encañono el ojo con la pistola de balines de mi primo, que suena cuando aprieto el gatillo, y que le atraviesa el cerebro tras reventarle el ojo. El sonido del disparo no ha sido tan fuerte como esperaba, apenas se ha acercado al ruido que produce un vaso de precipitados de 2 litros de cristal chocando contra el suelo, que es lo que les digo a los que se acercan a mi laboratorio preguntando, preocupados, después de que haya escondido el cuerpo en el despacho de la encargada de compras.
No era la muerte que esperaba llevar a cabo, pero la improvisación sabe dulce, demasiado dulce, tanto que no me voy a detener aquí.
Llevo queriendo matarlas desde hace tres años, quizá más. Llevo queriendo gritarle a la cara lo que pienso de ella tanto tiempo, durante tantas broncas injustificadas, que mis dientes asoman entre los labios de pensar en que, dentro de muy poco, podré hacerlo. Al fin.
No puedo esperar.
Llega mi jefa, la encargada de organizar las tareas y de decir si hacemos bien nuestro trabajo, en definitiva, una mal follada que paga conmigo todo lo que se traga en su casa y todo lo que la vida ha puesto a sus espaldas y no puede escupirle a nadie más que a mí. Ni a su marido, ni a sus hijas adoptadas, ni siquiera al presidente de su comunidad, no, ellos no porque le dan los gritos que la hacen callar, pero yo, alguien educado, alguien que prefiere estar en silencio a empezar a gritar, alguien que jamás ha dirigido una sola palabra malsonante a nadie, yo soy la diana perfecta para su rabia, soy su muñeco anti estrés con forma  de pingüino. Soy ese saco de boxeo que, cansado de ir siempre hacia atrás, ahora le toca ir hacia delante gracias a una pirueta del destino.
Me dice hola sin mirarme, y me pregunta si me he acordado de llenar el tanque de nitrógeno líquido, añadiendo al final un “espero que no te hayas olvidado”, cuando sabe que nunca ha sido así, y entonces le contesto que se calle mientras me guardo la pistola en el bolsillo trasero del pantalón. En realidad digo “cállate, puta”, dejándome llevar por el momento. Ella se gira y me mira con unos ojos redondos, enormes, sorprendidos, y solo llega a decir “¿qué?” antes de que la agarre del pelo y la arrastre al despacho de la encargada de compras mientras le tapo la boca con la otra mano. Una vez dentro, la lanzo contra el cadáver, creo que está muerta aunque poco me importa, de la técnico, lo que la hace callar de golpe, presa de una sorpresa que ni en sus peores pesadillas hubiese sido capaz de imaginar. Alza la cabeza de la supuesta muerta agarrándola por las mejillas y, tras mirarla unos 3 segundos a los ojos, al ojo mejor dicho, se gira y me mira dejando escapar las primeras lágrimas de esta sesión.
¿Qué...has hecho? es lo único que dice. Lo único que se le ocurre decirme.
Las preguntas las hago yo, contesto ¿comprendes?
La pregunta se la hago al tiempo que saco la pistola y se la enseño, poco a poco, como el que le muestra un juguete de goma a un perro, como si fuese un hipnotizador en pleno espectáculo, y entonces me acerco a su cara hasta casi tocarla y le susurro.
¿Quieres gritarme ahora? Grítame ahora... hazlo. Dime ahora que me vas a cortar los huevos si vuelvo a equivocarme, o que a veces parece que soy tonto, o que no sé lo que quiero en esta vida. Dímelo ahora... ella solo respira, cada vez más rápido, cada vez más lejos de la cordura, y me canso de ese silencio ¡Dímelo!
Le grito a la cara, dejando escapar de mi boca salivazos que encuentran sus mejillas y sus ojos y su boca abierta, que chocan con todo ese terror que la invade, que no la deja ser más que un puto muñeco sin dueño abandonado en una cuneta, a la espera de que un camión de la basura lo parta por la mitad. Puedo notar su miedo. Puedo sentir su falta de esperanza.
Yo... trata de decir, pero no la dejo seguir.
Nunca dejó que me explicara, que le dijera el auténtico motivo de esas supuestas equivocaciones mías, así que ahora no la dejaré explicarse. Ni hablar.
Cuando su boca deja escapar la siguiente palabra, que creo que es un “no”, le cruzo la cara de un puñetazo que la hace chocar de frente contra el canto de la mesa de la encargada de compras, lo que produce en ella un acto reflejo que lleva a sus manos al lugar donde ahora mismo empieza a brotar sangre, no tan roja como se ve en las películas pero tampoco tan oscura como la que escapa de una herida sucia, que gotea entre sus dedos hasta llegar al suelo, donde se mezcla con la que la técnico ha perdido a través de la herida del ojo.
Se mezclan. Se unen. A veces la poesía puede estar en cualquier sitio.
La cojo del pelo y, colocando su cara frente a la mía y mirándola directamente a los ojos, comienzo a darle con la culata de la pistola, primero a un lado y después al otro, con una fuerza que crece a medida que oigo como sus dientes se rompen y sus mejillas se parten, una fuerza que crece cada vez que noto que su cuero cabelludo comienza a romperse, una fuerza que llega al clímax cuando la dejo tumbada en el suelo, medio inconsciente, y le piso la cabeza una y otra vez hasta que mi pie prácticamente encuentra el suelo. Hasta que su cabeza no es más que un repugnante charco.
Entonces salgo del despacho con calma y voy al grifo, donde me lavo las manos hasta que dejan de estar rojas y me peino hacia atrás el pelo. Ahora solo me queda salir del edificio con calma, sin prisas. Solo soy una persona que sale. Nada más. El resto de compañeros aún tardarán una hora en llegar, y la encargada de compras por lo menos dos.
Cierro la puerta del laboratorio detrás de mí y echo la llave. Me pongo los auriculares y selecciono Biblical, de Biffy Clyro, en el reproductor del móvil.
La batería, la voz y la guitarra me acompaña durante los pasillos, a través de la salida en la que saludo a Jon, el segurata de por las mañanas, y termina justo cuando llega el autobús número 33.
Me siento en el momento en que comienza Never Gonna Kill Us, de The Smashup, y pienso en lo que pasará esta tarde. La policía irá a buscarme para detenerme, para tratar de encontrar una respuesta a lo que acabo de hacer.
Me encontrarán sentado en el sofá con la cabeza reventada por un disparo, después de haber visto Cristal Oscuro o cualquier episodio de Breaking Bad, como por ejemplo ese en el que Walter atropella a los camellos que mataron al hermano de la novia de Jesse. Moriré sonriendo, feliz. Lo estaré en el momento de disparar el gatillo porque me he dado cuenta de que morir en un lugar que no te corresponde, que no te da más que malos recuerdos, no es morir en paz, no es morir como deberíamos todos. Mi muerte ahora quiero que sea con buenos sentimientos en la cabeza, lo veo claro, más que ayer, más que cuando me ha despertado mi cuerpo esta mañana, que solo quería matarme en el laboratorio para joderles para siempre su lugar de trabajo.
Quiero morir feliz, y lo soy porque he matado a esas dos hijas de puta.
Jamás hay que arrepentirse de aquello que hacemos guiados por el corazón.

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