CICLO DE CINE AFRICANO: EL REGISTRO DEL TIEMPO, por Samuel Sebastian

viernes, enero 30, 2015

Samuel Sebastian es un escritor y cineasta valenciano. Hijo de la pintora Ester Rodríguez Ro. Licenciado en Historia del Arte, obtuvo el premio extraordinario de licenciatura y después inició su tesis sobre los documentales de la guerra civil española y la memoria histórica. Igualmente, ha realizado el Máster de Guiones de la UIMP - Valencia. Su trabajo como cineasta comenzó en 2005 con el rodaje de la película experimental El primer silencio (2006). Desde entonces ha alternado el rodaje de películas de ficción y documentales sociales con la realización videocreaciones y videoclips. Sus películas han sido exhibidas en festivales de todo el mundo como, entre otros, el de Cusco (Perú); San Diego (Estados Unidos); La Paz (Bolivia); Rosario y Buenos Aires (Argentina); Lisboa (Portugal); Bilbao, Madrid, Sevilla, Córdoba, Barcelona y Valencia (España); Bolonia, Milán y Turín (Italia); París (Francia); Johannesburgo (Sudáfrica); Melbourne (Australia) o Daklah (Marruecos). Ha obtenido diversos reconocimientos como el de mejor documental español en el Festival de Madrid por La Moma (2007) o el de mejor documental valenciano de 2009 por Las migrantes (2009). También, obras como El primer silencio (2006), La Moma (2007), Las migrantes (2009) y varias de sus videocreaciones han sido proyectadas por diferentes canales de televisión. En la actualidad, su documental La pausa dels morts (2011) ha sido proyectado en diferentes festivales internacionales y prepara un nuevo largometraje de ficción para 2012. Como escritor ha obtenido diversos reconocimientos: finalista del premio internacional Pablo Rido por La ciudad de la luz (2005), segundo premio en el certamen La Nau - Universitat de València por Un invierno sin Vera (2006) y finalista del premio Isabel Cerdà de narrativa breve por Les cartes de Lilit. Ganó el XXXVII Premio Octubre de Teatro por Les habitacions tancades (2008).


EL REGISTRO DEL TIEMPO

Los rapsodas griegos pusieron el grito en el cielo cuando a un grupo de gente se le ocurrió un invento que hizo temblar los cimientos culturales de la Hélade: los libros. ¿Qué iba a suceder ahora con el arte de contar historias? ¿Qué emoción tendría contar leyendas que ya estaban previamente fijadas y en las cuales el lector solo tenía reproducir el texto sin variar ni una coma de lo que había escrito? Y, peor aún, ¿qué sucedería con tantos años de aprendizaje, de memorizar miles y miles de versos, a veces centenares de miles, con el fin de deleitar a su entregada audiencia? ¿De qué servía? Decenas de miles de años años de cultura oral estaban a punto de irse al garete por el capricho de algunos contadores de historias que preferían leer cómodamente a la audiencia antes que aprender una historia de memoria. Algo parecido debió pasar cuando el hombre blanco llegó a África (Nota: en muchos países africanos al hombre blanco se le llama mzungu que quiere decir desconcertado, por la actitud que tenían los blancos cuando aparecían por allí), los nativos pensarían, ¿qué quiere decir eso de escribir una historia? Las historias son tal y como se cuentan y nunca hay dos historias iguales, siempre depende de la habilidad del que las explica, que normalmente era la persona más anciana de la aldea. Es más, los ancianos tenían en su poder una de las virtudes más importantes para la comunidad y es la de preservar la Historia, así, en mayúsculas. La Historia alcanzaba hasta donde su memoria llegaba y todo lo que había sucedido anteriormente era lo desconocido o lo olvidado, que venía a ser lo mismo. Más allá de los recuerdos de la persona más anciana, la Historia se diluía, se perdía, y los antepasados acompañaban a las familias allá donde estuvieran, en la casa, en el río, en el árbol, en los animales que cazaban,... No había necesidad de recordarlos mediante la escritura, que no dejaba de ser un conjunto de dibujos extraños y sin sentido. El tiempo siempre había fluido y no necesitaba ser registrado, hasta que llegó el cine.
Dicen que hoy en día, cualquier persona a partir de los tres años tiene conciencia del registro del tiempo, es algo casi genético, identificar una cámara y saber que está registrando el tiempo presente. En los primeros experimentos antropológicos que se hicieron en África relacionados con la imagen audiovisual, se filmó a varias tribus y después se les proyectó las imágenes rodadas. Los miembros de las tribus no se sorprendieron por el hecho de haber sido filmados pero sí por el hecho de que en algunos planos aparecían con los miembros cortados, las manos, la cabeza, las piernas, lo cual les aterrorizaba. Y no es de extrañar, en Europa hasta La pasión de Juana de Arco (1927) de Carl Theodor Dreyer no se le dio importancia al primer plano y ya habían pasado más de treinta años desde la invención del cinematógrafo.
Así, el registro del tiempo llegó a África de una forma abrupta, violenta, inesperada. Los africanos de repente debían convivir con el recuerdo del pasado, con cosas que hubieran deseado olvidar y que sin embargo permanecían presentes en su memoria, lo quisieran o no. Aquello era el fin de una etapa indeterminada de su existencia y el comienzo de una nueva pero mientras el hombre blanco fuera el único con poder para registrar el tiempo, solo él tenía en sus manos escoger qué es lo que debía ser recordado y lo que no.