LA COLUMNA LITERARIA: LA INQUISICIÓN Y EL HOMBRE, por M. Martínez. Forega

viernes, abril 15, 2016

Manuel Martínez Forega (Molina de Aragón –Guadalajara-, 1952) es poeta, ensayista y traductor. Ha publicado una treintena de títulos de esas disciplinas. Con He roto el mar obtuvo el premio de poesía del Consejo Superior de Investigaciones Científicas en 1986, publicado en 1987 y cuya segunda edición apareció en 1993 en Prensas Universitarias de Zaragoza. En 2005 ganó el Internacional “Miguel Labordeta” con 333 días. Ademenos (2008), su último título de poemas, ha sido reciente finalista del Premio Nacional de la Crítica 2009. También se le otorgó en 2002 el Premio Europeo a la traducción por su versión de El legado de François Villon. Preparó la edición antológica 20 poetas aragoneses expuestos para la Exposición Internacional Zaragoza 2008, ha editado, introducido, anotado y coordinado Toda la luz del mundo. Minimal love poems de Ángel Guinda, texto traducido a todas las lenguas de la Comunidad Europea. Y ha traducido, introducido y anotado la única edición castellana canónica de Monsieur Teste de Paul Valéry, amén de dar a conocer en España a los poetas checos Josef Kostohryz y Frantisek Halas y la poesía del francés André Pieyre de Mandiargues. De vez en cuando, hace crítica literaria en la prensa periódica y, más asiduamente, practica el reportaje y el artículo de opinión en la revista especializada Jara y Sedal Pesca.
Fundó algunas colecciones de poesía como “La Gruta de las Palabras” de Prensas Universitarias de Zaragoza y “Cancana” y “Libros de Berna” de Lola Editorial; el ciclo “Poesía en el Campus” de la Universidad de Zaragoza también se encuentra en su haber. Fue el editor de la Revista Pasarela de Artes Plásticas.
(fotografía: Manuel M. Forega: Columna Villarroya).
LA INQUISICIÓN Y EL HOMBRE
El ser humano, aun condenándose, se ama. Y por amor a sí mismo entiendo el drama que manifiesta el combate de la conciencia en busca de una verdad intuida, vislumbrada o nítidamente advertida por encima de la cláusula, de la Ley falaz o de la social costumbre. Verdad es que sólo asomarse a semejante umbral queda reservado para quienes desde su propia voluntad inteligente corren el riesgo de aquella condena para mostrar otra evidencia aún: la catadura ética de quienes los juzgan. El resto somos los llamados pusilánimes. A este respecto, recuerdo al gran Leonardo Sciascia, amante de España hasta su muerte y contra cuya tradición teocrática opuso el emblema literario -y verídico- del héroe que he pretendido referir. Y recuerdo a Diego La Matina, clérigo, que, en Morte de l'Inquisitore, personifica el ejemplo vital de la rebeldía en pos de la libertad de conciencia por cuya conquista justifica el ajusticiamiento de quien la obstaculiza. Para La Matina ese impulso vital se convierte en pasión y escapa a la consciencia del mandato religioso. Hasta el momento de la acción que cuesta la vida al Inquisidor General, fray Diego muestra una resistencia dentro de los límites tolerables impuestos por su condición; muestra una voluntad acaso dispuesta intelectualmente. Pero el impulso inmediato que le conduce a la acción final no es producto del esfuerzo sistemático de una conciencia cuya reflexión ignora el mal, sino de un repente exaltado y regido por el azar, jamás liberado de los datos de una meditación inconexa. Como ha dicho Georges Bataille, el ser no está abocado al mal, pero, si puede, debe no dejarse encerrar en los límites de la razón. No cabe duda de que fray Diego La Matina admite implícitamente en su actitud la existencia de una parte maudite en la que se manifiesta más el hombre que el clérigo, más el héroe que el siervo, más la conciencia que la disciplina, más la justicia que la obediencia. Encontrar esa verdad vital, definitoria de nuestra única regla es amarse a sí mismo, a pesar de las palabras de Baudelaire: *No es posible amarse sin condenarse*.