EL RINCÓN DEL RELATO: UNA HOJA MÁS DE PAPEL, por Manuel Gris Lorente

viernes, agosto 12, 2016

Manuel Gris Lorente lleva escribiendo desde que tiene uso de razón, quizá incluso antes, pero como no tiene recuerdos de esa parte de la vida prefiere no arriesgarse a la hora de hacer una afirmación tan tajante. Influenciado por autores como Chuck Palahniuk, Charles Bukowski, Bret Easton Ellis, Janne Teller, Amy Hempel o Craig Clevenger su escritura está caracterizada por un uso de la locura y la anarquía literaria con la que intenta no dar pistas de qué va a pasar a continuación en sus relatos y novelas. De cuál será el siguiente paso. La escritura es una forma de escapar del mundo y lo que hay en él, de todo lo que nos para a la hora de ser nosotros mismos, tan intensa y rica, tan grande, que no sabe expresar ese sentimiento con palabras, así que no lo hace. Solo sigue adelante, sin tenerle miedo a la página en blanco, y con la seguridad de que cada letra que usa solo le da algo más de libertad.



UNA HOJA MÁS DE PAPEL

La luz del sol a veces no es más que un molesto despertador que nos devuelve a un mundo en el que no podemos sobrevivir confiando en los demás.
Entonces sales de la cama y recuerdas que es el día de tu boda, y directamente te entran ganas de morirte.
A veces un simple traje se convierte en una prisión tan efectiva que, sin más, te dejas llevar, como si una nube te levantara del suelo y te transportara hasta una celda que sabías que estaba ahí pero, de ninguna manera, necesitabas conocer. Pero yo fui el que se arrodilló, así que toda esta queja no es más que una pataleta de alguien que tiene miedo a cagarla delante de toda la familia. Cosa que seguro ocurrirá.
Nunca me he caracterizado por ser alguien de fiar, ni siquiera tengo demasiados amigos. Ni yo mismo me caigo bien. Así que a la hora de hacer cosas le pongo el mismo empeño que un koala cuando quiere rascarse los cojones; ninguno. Es sencillo comprender el por qué una vez se habla conmigo en privado, o en publico, da igual, porque no sé mantener una conversación ya no digo estable, sino que tenga alguna lógica o interés por parte del oyente.
Podría decirse que mi necesidad de tener trato con la humanidad es la misma que la de comer hormigas o beber del orinal de un asilo.
Llevo años saliendo con Esther, y ni yo mismo lo comprendo. Supongo que vio en mí algo que cuidar y que le diera más conversación que sus gatos, o simplemente el hecho de que su hermana me viera desnudo en el pueblo, y corriera la voz sobre lo desproporcionada que la tengo, fue lo que encendió su interés por mi persona.
Quién sabe. Yo al menos no. Tampoco me interesa.
Me miro en el espejo, disfrazado de adulto, y no puedo evitar pensar en mis padres, los cuales no conocí porque me abandonaron en una mezquita cuando yo era tan pequeño que ni recuerdo vivir aquello. El imán que me enseñó todo lo que sé, y al que no sé si agradecérselo o denunciarlo, me lo contó todo en mi 5º cumpleaños, y se aseguró de que fuera un buen hombre a base de palos. Y al menos esto último creo que lo consiguió. O no. No sé.
Mi suegra, una vieja amargada que trata de disimular en todo momento que se siente una desgraciada desde el día en que su marido la abandonó por un niño tailandés que conoció en un viaje de negocios, me dice que estoy muy guapo, y yo le contesto que ella parece la novia, sin especificar si me refiero a una normal o la Cadáver de Tim Burton.
Creo que ha llegado el momento.
Mis pasos son lentos, falsos, llenos de nervios por tener otro papel en mi vida que le diga al mundo que soy normal.
A veces creo que si me pegara un tiro sería más feliz.

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