EL RINCÓN DEL RELATO: NADIE (parte VI), por Manuel Gris Lorente

viernes, junio 02, 2017

Manuel Gris Lorente lleva escribiendo desde que tiene uso de razón, quizá incluso antes, pero como no tiene recuerdos de esa parte de la vida prefiere no arriesgarse a la hora de hacer una afirmación tan tajante. Influenciado por autores como Chuck Palahniuk, Charles Bukowski, Bret Easton Ellis, Janne Teller, Amy Hempel o Craig Clevenger su escritura está caracterizada por un uso de la locura y la anarquía literaria con la que intenta no dar pistas de qué va a pasar a continuación en sus relatos y novelas. De cuál será el siguiente paso. La escritura es una forma de escapar del mundo y lo que hay en él, de todo lo que nos para a la hora de ser nosotros mismos, tan intensa y rica, tan grande, que no sabe expresar ese sentimiento con palabras, así que no lo hace. Solo sigue adelante, sin tenerle miedo a la página en blanco, y con la seguridad de que cada letra que usa solo le da algo más de libertad.


NADIE (Parte VI)

Lo peor de no recordar algo no es la sensación de pérdida, la completa soledad que se siente en cuanto tratas de responder a preguntas tan sencillas como ¿quién soy?, o ¿qué hago aquí? No, nada de eso. Lo peor de no recordar es que, de golpe, puedes volver a hacerlo, y entonces todo lo que creáis que eras, todo cuanto opinabas sobre la vida tal y como la llevabas se convierte en vaho. Se convierte en algo que jamás volverás a tener del mismo modo.

Y ahora mismo me estoy riendo a carcajadas.

Miro a mi alrededor y me encuentro con destrucción y con la muerte de mi pasado, y por alguna extraña razón que, aunque no la comprenda, me gusta cada vez más, me encuentro pleno. Con el alma dando saltos de alegría.
Me siento, me toco la cara y me mancho de sangre. Después me tapo los ojos y recuerdo lo que, hace apenas 15 minutos, ha pasado.
Me encanta volver a ser yo.


Primero hubo frío. Como si me hubiesen metido de golpe dentro de un lago helado lleno de ron, porque también noté un sabor dulce al fondo de la lengua. Pero eso fue después de que me atara Gerard.

Empezaré por el principio, que estoy tan excitado y ansioso por salir a la calle que, si no me concentro, no guardaré en la memoria todos los detalles de lo que acaba de pasar y que ahora sé qué debo hacer.

El principio de esto debería ser:
 −¿Te duelen las correas? –me preguntó Gerard mientras le ataba con mediana fuerza las manos en los reposabrazos de la silla que estaba colocada justo en el centro de la enorme caja/mecanismo de hipnotismo.

−Algo. ¿Seguro que es necesario esto?

−Según sé, seguramente tendrán temblores y algún que otro ataque, así que si no te ato tus brazos podrían chocar con el techo de la caja y hacer daño, o romperla y que no acabe todo cuando toca, ¿sabes?

−Bueno –pensé que era un capullo, pero tenía razón. −, vale.

El olor dentro del aparato era parecido al de las saunas gays (he estado en algunas); una mezcla entre sudor y orina con aliento de ese que sale del cuerpo cuando estás muy excitado. Es un olor realmente agradable, casi adictivo. Siempre lo recomiendo. Así que en parte me sentí relajado, porque aunque las muñecas me dolían un poco el entorno me era familiar y me agradaba. Casi dejé de odiar a Gerard y me concentré en tratar de imaginar cómo sería mi vida al salir de aquel lugar. Seguramente, me dije, volvería a sentirme menos atrapado en esta extraña viuda que me ha tocado vivir, puede que, me susurré, te sientas orgulloso de ello porque, piénsalo, puede conseguirse mucho bien si esto se comercializa, si esto puede otorgársele a gente que vale la pena y que, viva la vida que viva, aportará sabiduría y felicidad allá a donde vaya.

Era un conejillo de indias que ansiaba morir por un bien mayor.

Puto idiota.

−¡Allá vamos! –anunció Gerard.

Cerré los ojos cuando me quedé a oscuras, un acto reflejo estúpido, y me oculté dentro de mi corazón tratando de no ser consciente de lo que iba a pasar. En parte porque tenía miedo, lo reconozco, pero otra parte, aquella que no me atrevía a dejar suelta del todo, me decía que aquello no iba a salir bien y, pasase lo que pasase, no quería verlo.

Entonces llegó el frio con sabor dulce, y detrás de todo eso un zumbido casi bello, como creado por una orquesta de 100 personas que tocan al mismo tiempo la misma nota con el mismo instrumento, y que poco a poco crecía y crecía. Y me envolvía y me abrazaba haciendo que el frío llegara hasta mus huesos y mis músculos, hasta que llegó hasta la columna y subió como una flecha hasta mi cerebro. Donde algo explotó y empezaron los flashes.

En uno de ellos me vi atándome los cordones cerca de un río donde el agua era tan clara que podía ver hasta las rocas que había al fondo y, tras ellas, los peces que se escondían de mí. Sentí calma, felicidad, hambre y amor. Mucho amor, como el que deben sentir los perros por sus amos. Entonces me levantaba y, al darme la vuelta, veía que había un niño tumbado a mis pies, que se retorcía y se agarraba la nariz que le sangraba a mucha velocidad y no daba esperanzas por que se detuviese en un futuro cercano. Yo decía algo, que no entendí, y le empecé a dar patadas en el costado. A mi alrededor no había nada más que el bosque, y el pobre chaval que recibía la paliza en algún momento dejó de moverse. Aun así continué dándole patadas.

De nuevo el frío, el ron, el abrazo.

A través de una ventana se veía una montaña nevada que me recordaba a una tostada con queso untado encima. El aire era extrañamente cálido y mis manos daban golpecitos en el alfeizar siguiendo el ritmo de una canción que reconocí. Era Help, de los Beatles. Esa canción estaba dentro de mi cabeza como un virus, porque no podía quitármela de la cabeza, por mucho que mirara las montañas o a la gente caminando por la calle. Los veía caminar y hasta sus pasos parecía que seguían el ritmo de la voz. Notaba como sonreía divertido como si acabara de ganar un juego. Entonces miraba mis manos y estaban empapadas, como recién lavadas y me las acercaba a la cara y olían como al pollo recién destripado, a esa mezcla de carne muerta seca, entre húmeda y sabrosa. Y me daba la vuelta. Y en la cama de la habitación donde me encontraba había una niña con el pelo largo y negro cuya cabeza colgaba por el borde dejando que un hilo fino y espeso de sangre recorriera su cara desde la boca hasta la frente, donde gota a gota la vida de esa niña se escapaba sin remisión. Y me acercaba. Y la sonrisa sequía en mis labios.

El abrazo esta vez fue menos suave, mucho más violento y poco amigable. Me ahogaba como si estuviera dentro de un contener de basura lleno de miel.

Ron.

Frío.

Me estaba afeitando. El reflejo del espejo es el de un hombre blanco de pelo rojizo y ojos muy oscuros cuyo gesto recuerda al de los culturistas haciendo un esfuerzo sobrehumano; entre enfadado y aburrido de la vida. Algunas de las pasadas creaban herida debido a la velocidad y poco tacto con que me afeitaba, pero aun sintiendo el dolor no me detenía. Tenía prisa. Necesitaba seguir mi camino, y aquel trámite era lo único que me lo impedía. Cuando, al fin, acabé, me senté en el váter y empecé a hacer fuerza al tiempo que miraba a través de la puerta del lavabo, donde una imagen tan extraña como impresionante me saludaba desde el exterior. Era de nuevo una cama, como la que había visto tras mirar por la ventana siendo niño, pero esta vez no había una niña, sino cuerpos mutilados, conté unas 7 piernas, apilados formando una pequeña montaña sanguinolenta y visiblemente inestable que viraba hacia la derecha, donde descansaban 8 cabezas apoyadas en la almohada. Como si estuvieran durmiendo. Agachaba la cabeza y me frotaba la frente una y otra vez, tratando de luchar contra la resaca, y antes de que un golpe me hiciera volver la vista a la habitación y oyera a alguien gritar quieto, policía.

Y entonces los recuerdos de lo que había sido mi vida llegaron como una catarata de barro, agitándome por todas partes y haciéndome saber quién soy, qué me está pasando y, lo más importante, por qué.

Me llamo Chuck Ryan. Preso número 0024667 de la cárcel San Liberty, de Austin, Texas. Fui encerrado tras la matanza de todo el gabinete político (esos cuerpos desmembrados que estaban sobre la cama en mi último flash) del presidente, y condenado a una reclusión mental tiempo-transitoria. En resumen, usando la tecnología que el doctor Llor creó en su laboratorio, y cuyos experimentos siguió perfeccionando toda su descendencia hasta que en el año 2106 el gobierno se adueñó del invento para usarlo como prisión mental, me confinaron a una eternidad saltando de cuerpo a cuerpo tras haberme borrado la memoria. Es decir: no soy el único que salta y salta y salta.

La primera fue la mujer del propio Dr. Llor, cuyo paradero nunca se ha podido averiguar (seguramente porque a estas alturas debe haberse vuelto completamente loca).

Pero he recordado quién soy, qué me pasa, y después de haber dejado inconsciente a Gerard a puñetazos, y sé que no está muerto porque de ser así yo habría desaparecido pues él no habría seguido con sus investigaciones, voy a salir al mundo y hacer todo lo que quiera.

Todo.

Porque, ¿qué no harías si tuvieras toda la eternidad en tu mano y millones de vidas distintas para vivirlas del modo que quieras y sin consecuencias?


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