"Caminos invertebrados", nuevo libro de José María Pinilla

viernes, marzo 06, 2009

Os presentamos el libro "Caminos invertebrados" de nuestro colaborador José María Pinilla, que ha sido galardonado con el premio Villa de Aranda (Burgos).

"Caminos invertebrados" es el título de este libro que, según confiesa el propio autor, fue escrito entre Barcelona y Montevideo.

De ahí la presencia de poemas como Araucaria —esos árboles columnados como fósiles vivientes, de la edad Mesozoica — o Tanat —un tipo de uva, especialmente tánico, que, importada de Italia, encontró en Uruguay su perfecta tierra de cultivo.

El libro –ha declardo José María Pinilla - se aleja del esnobismo y el mundo mediáticamente egocéntrico y reclama un mundo en extinción, alejado del excitante y estresante cosmos real, como un arroyo en la madrugada, donde el yo lírico envuelve su mundo con el de otros en clara comunión universal. Es la memoria del alma, el asombro, la quemazón, la oquedad en viaje hacia el cuerpo de la luz.

"Caminos invertebrados", se nos antoja un viaje, con una unidad poética clara: el desencanto.

El poeta nos dirá: Confieso profundamente que soy humano, y de ahí su paseo con Píndaro, Sócrates y Zeus. La expresión de que el tiempo es un recuento innecesario, nos va trasladando desde la nostalgia, a la pérdida constante de ilusiones, la costumbre, la soledad, nuestras propias vanidades, los legados que nos quedan, la rabia, el sollozo, incluso los reproches.


AUTOR:

José María Pinilla, nació en Barcelona, en 1951. Es poeta, editor y antólogo, su vida profesional se desenvuelve entre La Administración pública, la docencia y el mundo editorial.
Ha publicado 8 libros En Tránsito (2002), Renacer (2003), Terraza de Verano (2004), Umbral de Tolerancia (2006), Los Subtítulos del Corsario (2007), Las palabras del náufrago (2007) El libro de las excusas (2007), Erratas de Fe (2007).

Parte de su obra poética se encuentra en diversas antologías, como El Cerro de los Versos, (Ediciones Atenas 2004), Trilogía Poética Ediciones Atenas 2005, Poetas De Las Dos Orillas, Ediciones Botella al Mar- Uruguay-Argentina 2007, Los ángeles también cantan (Ed. Maribelina-Perú 2006). “Versos diversos”, Ediciones Atenas, 2007. Antología poética del Grupo Laie, Barcelona, Ediciones Atenas, 2007.

Ha ganado diversos concursos internacionales, entre los que destacan Premio único Concurso Internacional de Poesía “De las Dos Orillas”, Montevideo, Uruguay, 2007, por “Memorial del Vino”. Distinción “Salomé Ureña de Henríquez”, 2007, otorgada por la Embajada de la República Dominicana en Uruguay, en reconocimiento a su trayectoria e invalorable aporte a las letras. Medalla de oro y miembro de honor de CADELPO, 2006 (Lima – Perú), por sus méritos literarios y de unión entre los pueblos hispánicos.

Premio de Poesía “Villa de Aranda”, 2008 (Aranda de Duero, Burgos), por Caminos Invertebrados, Premio “Paralelo Sur de Poesía, 2007” (Barcelona), por El idioma de las desapariciones, Premio “Poesía en el Corral” 2007, (Madrid), por Erratas de Fe, Premio “Luys Santa Marina”, 2007, Ciudad de Cieza (Murcia), por El libro de las excusas; Premio “José María de los Santos”, 2006, El Viso de Alcor, Diputación de Sevilla, por “Las palabras del náufrago”. Premio Ciudad de Órgiva, 2006 (Granada), por “Los Subtítulos del Corsario” «Accésit», “Carta Puebla”, 2006, Miguelturra (Ciudad Real), por “Umbral de Tolerancia”. Premio “Benferri (Alicante), 2006”, por “Todo mi sacrificio es la palabra”. «Accésit» Premio Taramela, 2008,(San Miguel e Abona, Tenerife), por AGUAPLANNING, «Accésit» ARTÍfice de Poesía 2008, Loja, (Granada) por “Los dominios de la luz”.Distinción y mención especial Premio “Alfonsina Storni”, 2008 (Buenos Aires- Argentina), por “Asesinado por el cielo”.

PROLOGUISTA:

Domingo F. Faílde (Linares, Jaén, 1948)
Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Granada. Profesor de Literatura. Reside en Algeciras.
Fundador de revistas y otras publicaciones. Miembro de número del Instituto de Estudios Campogibraltareños, de cuya Sección VI (Literatura y Periodismo) fue presidente.
Socio fundador de la Asociación Andaluza de Críticos Literarios. Coordinador de La Isla, suplemento cultural del diario Europa Sur. Colabora en Cuadernos del Sur (diario Córdoba), Papel Literario (Diario Málaga-Costa del Sol) y otras publicaciones especializadas.
Ha obtenido, entre otros, los premios Juan Alcaide (1987), Ciudad de Algeciras (1991), Miguel Hernández (1993) y Antonio González de Lama (1994).


PRÓLOGO:

Nunca me cupo duda: la poesía, en efecto, puede ser muchas cosas o acaso ser ninguna, susceptible de las más asombrosas definiciones y, en fin, capaz de desbordarse en miles de teóricos artilugios que, llamados, poéticas, luego de escritos nunca o casi nunca se reconocen sobre el papel. Todo eso es la poesía, más allá del tú becqueriano o ese diálogo del poeta con su tiempo, que dijera Antonio Machado. Pero el poema, expresión de lo plural singularizado, es un salto adelante y, a veces, sin red. Cuando este prodigio sucede, el misterio, la emoción y la técnica se transustancian y, entonces, en el cáliz de la palabra, rebosa la poesía, se desborda e inunda con su luz, siempre no usada, el alba del Universo.
Esto pensaba yo cuando, al leer los poemas de Caminos invertebrados, me paraba a reflexionar, fatigado, no porque el contenido ni la expresión me atollaran con arduas disquisiciones ni delusorias trabas lingüísticas, sino porque la hondura, ese estremecimiento de nombrar lo exacto y, en fin, la desazón de verme reflejado en el espejo oscuro de las palabras, me hacían vulnerable al discurso, a su visión de aquello ante lo cual está el hombre indefenso: el amor, el dolor, la inquietante experiencia del tiempo y, en el culmen de todo, la muerte.
Como decir la vida, claro está, llena de paradojas y claroscuros, tal y como la mientan, desde que el mundo es mundo, todos y cada uno de los poetas, porque fuera de ella nada hay, ni siquiera el horror al vacío, perceptible tan sólo desde nuestra mortal dimensión: somos nuestra existencia, ya se sabe, y únicamente ella provee los materiales que alimentan nuestra imaginación y pulsan el pequeño interruptor que pone en marcha el canto.
Y, llegando a este punto, ponemos pie en conceptos más fragosos, que la historia –es decir, la existencia del hombre en cuanto especie- ha ido elaborando en sus distintas edades. Al igual que la vida del individuo, la historia colectiva no admite marcha atrás: a esto llaman progreso, aunque las aparentes regresiones que puedan producirse en determinados momentos introduzcan factores de incertidumbre o induzcan a pensar en decadencia y senilidad.
El mundo se nos muere. Los distintos indicadores parecen coincidir en un diagnóstico que han disparado todas las alarmas, desde la ecología de lo evidente hasta sus más complejas consecuencias económicas, pasando por el marasmo de la propia cultura. Parafraseando a Quevedo, nada hay a nuestro alrededor que no apunte a la muerte.
Sin embargo, más allá de las apariencias, no se nos muere el mundo; es nuestro mundo el que se nos muere, víctima de los hábitos longevos de una criatura anciana, que ha trabajado duro para sobrevivir y ha cometido excesos de toda índole, a pesar de las advertencias que, periódicamente, la historia ha formulado: Asiria, Babilonia, Grecia, Roma, fueron cayendo de manera inmisericorde, como cayó la antigua Unión Soviética y como es previsible caiga también nuestro Occidente mítico.

Un malestar profundo se ha instalado en nuestra cultura e irrumpe, consecuente, en todos los órdenes de la vida. No se trata de aquel spleen selecto y desmayado que pusieron de moda los modernistas, sino de la conciencia, a veces implacable e incluso descarnada, de un fin irremediable, ante el cual nada valen las coartadas estéticas ni hay vanguardias que puedan interponerse al desastre: el castillo de naipes se desploma, eso es todo.
Con el castillo, el rey de la Creación. Lejos quedan axiomas triunfalistas que proclamaban la supremacía del hombre sobre la naturaleza, ensalzando, por tanto, su capacidad de transformarla. Hoy, hartos de jugar al aprendiz de brujo, pagamos con usura nuestra audacia y asumimos, con resignado pesimismo, el temporal que se nos viene encima.


No menos, el poeta. Tras la eclosión novísima, que fue como un revuelo de campanas en una sociedad que, pese al fiasco del mayo francés, se sacudía la caspa del oscurantismo, vinieron la poesía de la experiencia, exaltación de la vida a través de lo momentáneo, y de la diferencia, más apegada acaso al intimismo y la reflexión, tras lo cual se produjo un enorme vacío, lleno de incertidumbres, del que las voces jóvenes tratan de salir.
No es lugar ni ocasión para ensayar opciones de futuro, aunque sí advertiré que los nuevos poetas regresan, en buena parte, a la ética e incorporan a su discurso temas candentes por cotidianos, desde los accidentes de tráfico –por trivial que pudiera parecernos- hasta el problema del desempleo. Volvemos, pues, a ese diálogo del poeta con su tiempo, del que hablara Machado y al que antes me referí.
A todo esto, José María Pinilla, poeta maduro y curtido en la lucha con las palabras, lleva ya mucho tiempo aferrado a esta convicción. Sabe, por experiencia y trayectoria, que el hombre, pese a todo, es la medida de todas las cosas y, por tanto, protagonista de la historia, algunas veces héroe, otras villano y, a juzgar por el signo de los hechos, mártir o simple víctima.
La vida para él es un camino, como escribieron otros, como sabemos todos. Sin embargo, introduce un matiz que quizá contraviene la idea machadiana, en beneficio de la irresolución. Andamos un camino, pero éste se asienta sobre el aire, de manera que nunca pisamos terreno firme. Así, sin certezas, sin rumbo, sin sentido, la nave del poeta hunde su quilla en la decepción y el mar se le convierte en metáfora del fracaso: mi único delito es el naufragio, leemos en un verso cuajado de pesadumbre. Pues si todos los caminos conducen a Roma, según el refranero, los suyos, invertebrados, no llevan a parte alguna, sino a la soledad, el hastío, la muerte y esa conciencia de inutilidad que impregna de dolor actos y pensamientos. La sombra de Leopardi bosqueja en ocasiones un nimbo de zozobra y entonces el poeta pasa del inventario a la nostalgia, al círculo vicioso de los mares que, en columpio de pájaros –una imagen bellísima-, ponen voz y palabra a tanta desolación: Eternidad amarga donde anidan/ besos, caracolas y la frágil constancia de lo sobrio/ que no encuentra desenlaces ni fragmentos/ en la blanca oscuridad del desencanto.
Y Pinilla, en lo que, para algunos, pudiera ser un rapto de lirismo y un arrebato de la conciencia para los demás, señala a los culpables en un desdoblamiento del yo que se confiesa y el vosotros, objeto de cruda y despiadada acusación. Confesiones y Acuso son dos poemas imprescindibles en el conjunto, llenos de poderosas imágenes cuyo aliento surrealista contribuye a crear una inquietante atmósfera que transmite con eficacia la desazón de un hombre, abocado a la decadencia; y si el primero habla en el idioma de la introspección, el segundo reviste su sintaxis con el ropaje de la desnudez para mostrar las lacras de su generación, trasunto de las propias.
Pero quien busque en Caminos invertebrados un memorial de agravios, una protesta cívica o una crónica al uso de un yo decepcionado –y decepcionante- se equivocó de libro. Cierto es que el poeta ha traído al poema todo cuanto le inquieta, sin reparar en la nobleza –o todo lo contrario- de sus preocupaciones, pero es verdad también que, al destilarlo en esa misteriosa redoma donde toda literatura se cuece, ha sabido insuflarle todos los ingredientes de la buena poesía, empezando por el lenguaje y acabando por una bien templada emotividad que atrapa en su red al lector, sin sumergirlo en la fácil sensiblería que tantos y tantos libros malogra.
Todo ello se agradece y acaso más el riesgo del poeta, que no duda en explorar los meandros del idioma, en busca de la imagen sorprendente, la metáfora innovadora, ese tirabuzón de la palabra, que actualizan continuamente temas, pensamientos, sentimientos y actitudes, en los cuales el hombre se afirma como tal.

Domingo F. Faílde
Jerez, otoño, 2008


EXTRACTO DE LA OBRA:



ACUSO

Acuso a mi generación cabalmente
de no intervenir en los asuntos de la vida,
de dejar que las piedras nos seduzcan
con la locuacidad que tiene la tormenta,
de inmerecidos cementerios,
de palomas y de aves grises.

La acuso, de ser impropia,
de tener la voz colgada en la garganta,
la garganta prendida en la palabra,
la palabra en huelga por la historia.

La acuso de crecer a golpes de sistema,
de caminar sin trasbordo
de la vida hacia la muerte
como una profecía.

De alcanzar un alto grado de perfección,
siempre forzado
y distribuirlo en agencias de turismo
para su publicación y venta.

La acuso de negarnos antes del frío,
sin saber que entre el adiós y la distancia,
siempre está el retorno.

Acuso a mi generación de ser católica, mahometana y atea.
De separar sexo y amor desde el principio.
De pronunciarse sol, en vez de viento.
De no respetar el secreto profesional de la miseria,
y de creer en la justicia, sin ser honesta.

La acuso... Sin embargo,
sin el menor reparo
como,
vivo

y sueño.

CONFESIONES

Confieso profundamente que soy humano.

Ya no hay rosas en las piedras,
ni violetas, ni lilas de topacio,
hay una luna enloquecida de matices,
un patio de silencios y una alondra.
Una alondra encopetada de misterios,
tan estéril que se cansa de ser nada.

Y confieso el escalofrío tan insulso
que produce en mi cerebro los rumores,
los altos campanarios
y esa dignidad que idiotiza a los lirios silvestres
contra la impudicia del ensueño alborotado
en su enjambre de cortinas blancas,
de velas blancas y ventanas blancas,
hasta el amor dulcísimo del domingo inmaculado
lleno de casta y de desmayo
hasta la pura sed que el corazón humilla.

Cuando los sueños indistintos
se rompan en destellos
y los imposibles ríos no encuentren acomodo
en las altas mareas del olvido,
el antiquísimo drama de las nubes y las olas
encontrarán escollos y arrecifes
en el temblor inmóvil de la aurora
que perdura hasta los hados del ocaso,
como una muchedumbre celeste de palomas.

Ante el cielo y ante el tiempo
me confieso
arbitrario del camino y de la rabia.


José María Pinilla

1 Comentarios:

Elisa Berna Martínez dijo...

Siempre me han gustado los poemas de José María, desde que coincidí con él en algún foro, así que me alegro de re-coincidir y aprovecho para felicitarle!