Kiki & Booba y los mensajeros del ritmo, por Albert Figueras

viernes, mayo 22, 2009

BIOGRAFÍA:

Albert Figueras (Barcelona, 1961) camina por la playa siempre que tiene ocasión y lee las novedades de Paul Auster, Rubem Fonseca, Juan Marsé o Quim Monzó.

Escucha la música de los lugares donde va e intenta comprender los idiomas que allí se hablan.
Mira con atención lo que sus ojos le ponen al alcance.
Trata de reírse con quienes le rodean en cada momento, experimenta sabores nuevos y come chocolate.
Como médico, promueve el uso razonado de los medicamentos en varios países, sobre todo de América Latina. Es profesor asociado de la Universitat Autònoma de Barcelona y le nombraron profesor honorario de la Universidad Nacional del Nordeste (Corrientes, Argentina).
Ha publicado unos cuantos artículos científicos en revistas médicas, algunas crónicas en periódicos de Cataluña y varios libros de ficción en catalán.


Kiki & Booba y los mensajeros del ritmo:

Permítame una pregunta:
¿Cuál de las dos formas siguientes diría que es Kiki y cuál es Booba?



El psicólogo Wolfgang Köhler utilizó este ejercicio para demostrar que, a menudo, asociamos las palabras y los sonidos. Según sus cálculos, más de un 98% de los encuestados afirma que la figura redondeada superior es Booba y que la figura espinosa inferior se llama Kiki.
¿Pensó lo mismo? Bueno, entonces quizás padezca cierto grado de sinestesia. La sinestesia consiste en mezclar experiencias sensoriales y, curiosamente, es una palabra que une las ciencias del cerebro y sus alteraciones, con los artesanos de la retórica y de la estética.
En casos extremos, los sinestésicos ven aromas, oyen sabores y conocen el gusto de los colores. Pero lo curioso es que en una conferencia realizada en el marco del World Science Festival en mayo de 2008, el neurólogo V.S. Ramachandran explicó que la sinestesia es ocho veces más frecuente entre poetas, artistas y novelistas que entre el resto de las personas.
En realidad, la sinestesia sería como un refinamiento en la capacidad de abstracción, algo que define bastante bien a los humanos y que, sin duda, posibilitó a nuestros ancestros dar un salto en la evolución. Unir presente o pasado con el futuro –es decir, imaginar– es esbozar el camino a seguir para lograr objetivos. La sinestesia también es, salvando las distancias, como una metáfora de las neuronas, en palabras de Ramachandran.
Pero es posible ir más allá; recapitulemos: Abstracción e imaginación son la base para evolucionar, para buscar el cambio. La sinestesia es un elemento que da alas a la abstracción y a la imaginación. Y entre los poetas, la incidencia de sinestesia aguda o crónica es elevada. Aunque los expertos en silogismos encontrarán algo que chirría en la deducción, no me encuentro demasiado incómodo al afirmar que la poética (con sus sinestesias y sus ritmos) ha sido un factor decisivo en la evolución humana.
La evolución, no sólo del sentido de la persona y sus relaciones (no especifico “amorosas”, porque cualquier relación con otro ser tiene cierta dosis de amor o de no-amor más o menos escondida). También la evolución tecnológica (¿alguien estudió hasta qué punto Homero acabó inspirando el desarrollo de ciertas máquinas de guerra o la navegación por GPS?).

No voy a discriminar al poeta no sinestésico –que también existe–. Intentemos arreglarlo: probablemente quién se sienta incapaz de diferenciar a Kiki de Booba, sí podrá apreciar el ritmo. ¿Cierto?
El ritmo es otra de las cuestiones laberínticas que preocupan a los neurólogos, un asunto que los hermana con algunos poetas y muchos músicos. El humano es el único ser vivo que, cuando escucha ciertos sonidos repetidos de una manera más o menos compleja, empieza a mover los dedos, la cabeza, los pies, o todo al mismo tiempo. Lo interesante es analizar fotograma a fotograma este proceso casi automático: escuchar sonidos, procesarlos, identificar un patrón, percibir que este patrón genera una emoción –habitualmente positiva–, saber dónde uno está situado en el espacio, calcular el radio libre para moverse sin molestar al otro ni dar porrazos por ahí, traducir el patrón (ritmo) a los dedos, combinarlo con movimientos de pelvis, de cabeza o de pies, cuidar el equilibrio y aprovechar para segregar unas cuantas moléculas que nos harán sentir bien.
Lo interesante del ritmo es que tiene mucho que ver con las llamadas neuronas espejo, un descubrimiento reciente que justifica conductas de imitación o que explica por qué somos capaces de sentir dolor al ver cómo otro sufre o sentir placer al observar cómo otro goza. Identificar el ritmo de otra persona también es algo contagioso; nos acoplamos fácilmente a él: es una manera de estar en sintonía con quienes nos rodean.
Y lo que sucede con el ritmo musical, sucede también con el ritmo de las palabras, con patrones de ideas que se reproducen, con metáforas sugerentes repetidas y, como no, con sinestesias persistentes y machaconas, a veces obsesivas.
Obsesiones rítmicas gelatinosas, obsesiones ásperas como la lengua de un gato y de aroma penetrante como la gardenia que, o bien reconduce el yo-poeta como buenamente sabe a base de ritmo y sinestesia, o bien acaba tratando algún profesional del cerebro.

Albert Figueras

1 Comentarios:

Beatriz Perez dijo...

Muy interesantes interpretaciones y análisis de las formas de percepción tanto sensorial, emocional y plástica-lingüística.

Saludos cordiales,

Be