Ética de mínimos para una sociedad cosmopolita por Ricard Desola

viernes, abril 23, 2010

Ricard Desola Mediavilla
Licenciado en Filosofía por la Universidad de Barcelona.

Obra Publicada:

  • Causas Perdidas (1º Premio Águila de Poesía de Aguilar de Campoo, 2005)
  • Geoda (Seleccionada Certámen Ciudad de Zaragoza 2007)
  • Versos Diversos (antología), Ed. Atenas 2007.
  • Experimento poético (antología), Educarte, 2007.
  • Sabadell Nord, Ca n'Oriach, Can deu, Can puiggener…, (estudio sobre la historia de las migraciones en la zona norte de Sabadell), Museu d'Història de Sabadell, 2008.
Otros premios:
  • Hermanos Caba 2008, por Concretamente tú.
  • Asociación literaria Verbo Azul, 2008, por El animal que nombra.
  • 2º premio Amanecer de la Casa de Andalucía en Barcelona 2008 por Yo te imagino.
  • Accesit Premio Luys Santamarina 2006.


Ética de mínimos para una sociedad cosmopolita

El diccionario de la Real Academia Española define cosmopolitismo como “Doctrina y género de vida de los cosmopolitas”, y por cosmopolita entiende aquella persona “que considera todos los lugares del mundo como patria suya”.
Podría decirse entonces, a la luz de estas definiciones, que la oposición entre cosmopolitismo y patriotismo no es exacta, y que el cosmopolitismo no es lo contrario del patriotismo, sino su manifestación extrema, ya que considera el mundo entero como única patria.
Sin embargo cosmopolitismo y patriotismo suelen presentarse casi siempre como dos conceptos diametralmente opuestos. El patriota es aquel que prioriza los intereses locales de su propio país (o estado) y el cosmopolita es el que antepone los intereses de la humanidad a los de los diversos grupos nacionales, incluido aquel al que pertenece.

Hoy en día, después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York, parece que vivimos en una época de resurgimiento de los valores patrióticos, en la cual la idea de cosmopolitismo resulta sospechosa. Éste patriotismo se ampara en la salvaguarda de la seguridad nacional, amenazada por el terrorismo islámico.
Por otra parte, existen movimientos que, tras una apariencia de cosmopolitismo, esconden en realidad nuevas formas de patriotismo; un ejemplo de ello es el movimiento por la llamada globalización. Los partidarios de la globalización se distinguen por su ideología neoliberal (podemos hablar, por lo tanto, de un movimiento ideológico) y su mundialismo atiende únicamente a razones de mercado, es decir, se trata de una globalización económica, no social ni cultural, ni tampoco necesariamente política. El globalizador entiende la sociedad como una red de consumidores. Cualquier régimen o movimiento que amenace los fundamentos del libre mercado (entendido en los términos del neoliberalismo más agresivo) queda fuera del sistema y debe ser combatido. El movimiento globalizador ve una de estas amenazas (sin duda, la más seria de todas) en el terrorismo islamista. Pero para combatir al terrorismo islamista los neoliberales se ven obligados a apelar a la seguridad del estado y a exacerbar, en consecuencia, el sentimiento patriótico propio de una nación en estado de guerra. Con lo cual, el movimiento globalizador no es en absoluto cosmopolita, ya que recurre al patriotismo cuando sus intereses resultan amenazados.

Otro movimiento que se presenta bajo una apariencia globalizadora o transnacionalista es el fundamentalismo islámico. Osama bin Laden afirmó, en uno de sus mensajes a través de internet, que uno de los objetivos de Al Quaeda era lograr que Estados Unidos se convirtiera al islam. Todo fundamentalismo religioso aspira a que su fe se expanda por el mundo entero, incluso en el lugar donde habita su peor enemigo. No es un rasgo exclusivo de la religión musulmana; recordemos que también Jesús mandó a sus discípulos por todo el mundo a predicar el evangelio, y el cristianismo terminó estableciendo su sede allí donde residía el poder imperial de la época, es decir, en Roma.
Podría objetarse que el fundamentalismo islámico no es verdaderamente cosmopolita porque trata de imponerse por la fuerza, mediante el uso de la violencia, y por ello tendría un carácter más imperialista que cosmopolita. Pero, en principio, cosmopolitismo significa sentir el mundo como patria propia, y esta definición no dice nada sobre el orden político o religioso que ha de reinar en la propia patria, ni tampoco si ha de imponerse por la fuerza o no. Si de algo presumen todos los dictadores, es precisamente de patriotas.
Otro argumento a favor de que el fundamentalismo islámico dista mucho de ser cosmopolita es el hecho de que los fundamentalistas esperan acceder al paraíso algún día. No sienten el mundo como patria; su verdadera patria no es de este mundo. Son patriotas, por lo tanto, pero no de un reino físico, sino de un reino espiritual.
Hallamos un tercer movimiento falsamente cosmopolita en los grupos anti-globalización. Dichos grupos, que se oponen a la globalización neoliberal, abanderan al mismo tiempo las causas de muchos pueblos oprimidos, y exaltan los pequeños nacionalismos en contra del imperialismo.
¿En qué consiste entonces el verdadero cosmopolitismo? Podríamos afirmar que consiste en sentir como patria propia el mundo entero, sin priorizar unos sentimientos nacionales sobre otros, atendiendo a los intereses de la sociedad civil y no a intereses económicos o de mercado, sin imponer por la fuerza ninguna concepción religiosa, y respetando la idiosincrasia de todas las culturas por igual.
Pero ¿acaso no debe existir, para hablar de cosmo-polis (es decir, ciudad mundial) una serie de principios o normas básicas que permitan concebir una unidad a partir de la diversidad de sociedades humanas?
Si no existieran tales principios no se podría hablar de cosmópolis, porque no habría el más mínimo elemento de unión; el mundo sería tan sólo una suma de diversidades.
Los principios básicos que ha de asumir el cosmopolitismo deberían ser lo suficientemente amplios y flexibles para que todas las culturas pudieran aceptarlos pacíficamente como propios sin renunciar a una pérdida traumática de identidad. Es decir, debería existir una, por así llamarla, ética de mínimos cosmopolita que todos los ciudadanos del planeta pudieran compartir, pero que al mismo tiempo fuera compatible con las diversas formas de moralidad y los distintos sentimientos religiosos que coexisten en el mundo.
Hoy en día el cosmopolitismo propone que tales principios sean la democracia y el respeto por los derechos humanos. Podría afirmarse que el cosmopolitismo es un patriotismo ético; de la misma forma que la patria del globalizador es el mercado y la patria del fundamentalista religioso es el paraíso, la patria del cosmopolita es un conjunto de principios éticos.
El problema radica en que tales principios no son aceptados por toda la humanidad; existen numerosos países en donde las personas son encarceladas por expresar sus opiniones, se aplica la pena de muerte, o las mujeres son discriminadas simplemente por el hecho de ser mujeres. Podemos, incluso, afirmar que hay mucha gente que considera legítimas tales prácticas. No debemos ir muy lejos para encontrar ejemplos, no es preciso viajar a países sometidos a dictaduras o a regímenes fundamentalistas. Todavía en nuestra sociedad occidental, supuestamente tan avanzada, las mujeres reciben un salario inferior a los hombres por hacer el mismo trabajo. En Estados Unidos mucha gente cree que es perfectamente legítimo aplicar la pena de muerte a los condenados por asesinato, o mantener una cárcel como la de Guantánamo, en la que se incumplen los derechos más básicos, en aras de la “seguridad nacional”.
El cosmopolita aspira, por lo tanto, a que algún día su sistema de valores se extienda por todo el mundo, a que su ética impere en todas partes. Esto no debe entenderse como una crítica; no se discute aquí el valor ético que indudablemente posee la declaración de los derechos humanos, ni el hecho de que la democracia sea, como dijo Churchill, el menos malo de todos los sistemas políticos. Tampoco puede negarse que un mundo en donde se respetaran los derechos humanos y en donde las disputas se dirimieran de forma democrática constituiría el principio de una buena cosmópolis. Pero lo que es preciso e irrenunciable para un cosmopolita es ofrecer una ética de mínimos, un marco en el cual la diversidad humana pueda hallar unidad, y es precisamente en este punto en donde se produce el choque entre las distintas concepciones morales.
Un cosmopolita admite, entonces, que todas las etnias, culturas y formas de vida poseen el mismo valor y deben ser consideradas como iguales, sin que ninguna de ellas resulte marginada o agredida. Lo que no admite el cosmopolita es que todos los valores éticos sean iguales, ya que considera la democracia y los derechos humanos como valores “superiores” que deben prevalecer en todo el mundo, aunque exista mucha gente que no los comparte, o al menos que no los comparte en el mismo sentido que ellos.
La forma en que el moderno cosmopolitismo defienda sus ideales determinará en el futuro si ese patriotismo ético puede convertirse también en un imperialismo ético (un sistema político tan legítimo como la democracia puede también imponerse, como sabemos, por la fuerza, y también puede invadirse un estado soberano con la excusa de que se cometen en él violaciones de los derechos humanos).

El cosmopolitismo debe convencer, pero no vencer (invirtiendo la célebre frase de Unamuno), porque si se limitara a vencer imponiendo sus propios valores éticos caería inmediatamente en los mismos errores que caracterizan otras formas de globalización o internacionalismo como las que hemos mencionado.

2 Comentarios:

Amando Carabias María dijo...

Leer y degustar este artículo un veintitrés de abril, fiesta de Castilla, es un buen antídoto a posibles estupideces de diferente corte.
Me da la impresión, y esta opinión tan subjetiva sólo se ancla en la mera intuición, por tanto su valor es cero, de que los patriotismos exacerbados son síntoma de miedo o, al menos, de no estar muy seguro del verdadero valor de las tesis defendidas. Quizá los patriotas exacerbados (neoliberales globalizantes, islamistas integristas, católicos ultramontanos, nacionalistas, terrorismo, cualquier grupo violento)pretendan imponer sus tesis, porque tienen miedo de que su mera propuesta sería como arrojar una cucharada de azucar en un vaso de agua...

salvador moreno valencia dijo...

Muy buen artículo, felicitaciones