KARLHEINZ STOCKHAUSEN por Francisco Javier Irazoki.

viernes, septiembre 14, 2012

Francisco Javier Irazoki (Lesaka, Navarra, 1954) fue miembro del grupo surrealista CLOC. La Universidad del País Vasco editó en 1992 toda la obra poética que Irazoki había escrito hasta el año 1990. El volumen, titulado Cielos segados, comprende los libros Árgoma, Desiertos para Hades y La miniatura infinita. La editorial Hiperión le publicó en 2006 el libro de poemas en prosa Los hombres intermitentes. Desde 1993 reside en París, donde ha cursado diversos estudios musicales: Armonía y Composición, Historia de la Música, etc.









                KARLHEINZ STOCKHAUSEN


          El guía (al menos durante dos décadas del siglo XX) de la vanguardia musical camina frente a un muro.
         Karlheinz Stockhausen nace en Mödrath, cerca de Colonia, en 1928. Sus antepasados son campesinos de Renania. Su padre supera el origen humilde y consigue un diploma de maestro, pero, quizá comprometido con la resistencia al nazismo, desaparece definitivamente cuando empieza la Segunda Guerra Mundial. La madre padece alguna enfermedad nerviosa; es ingresada en un psiquiátrico y, por orden del gobierno de Hitler, ejecutada en 1941. El muchacho busca consuelo en la religión católica mientras trabaja en un hospital de guerra.     
         El organista del pueblo enseña a tocar el piano a este obrero agrícola empleado en una granja. Karlheinz aprende y aprende y, con la avidez que va a reflejar su obra futura, estudia el oboe y el violín en una escuela pública. Cubre la orfandad con paletadas de disciplina.
         No para. Ingresa en el Conservatorio de Colonia, se matricula en tres carreras universitarias (filosofía, filología y musicología), logra una licenciatura en educación musical, y paga los gastos con una actividad que lo lleva a dar conciertos de jazz en bares humosos, a ser el colaborador de un ilusionista, a dirigir un grupo de opereta y a conocer los duros oficios de las fábricas.
         La pared contra la que debe chocar Stockhausen empieza a agrietarse en el momento en que Karlheinz saluda por primera vez al compositor suizo Frank Martin. Éste le enseña a enlazar los acordes y le analiza las piezas de los tres autores principales de la segunda escuela de Viena (Alban Berg, Arnold Schönberg y Anton Webern). Y, en 1951, el joven alemán recibe un fogonazo que entra por las resquebrajaduras de su muro: el estudio para piano Mode de valeurs et d’intensités, de Olivier Messiaen. La calidad de los ritmos traídos de la India agita a toda una generación de creadores, y origina en Stockhausen la necesidad de escribir música.    
         Da el salto a París, y ya es alumno de Messiaen. Miro una fotografía invernal en la que los dos hombres se sonríen, acaso después de un curso de estética o análisis.
        De 1951 a 1960, Karlheinz Stockhausen compone páginas transgresoras (Kreuzspiel, Formel, Klavierstücke VX, Zeitmasse) e investiga en la fonética y las técnicas de comunicación. Dos de sus trabajos de mediados de los años cincuenta (Gesang der Jünglinge, donde une la música electrónica y la voz humana, y Klavierstück XI, con el que propone la llamada forma abierta e invita al instrumentista a elegir el orden en que va a interpretar las diecinueve estructuras de la obra) son tiros para agujerear la pared de su biografía.  A continuación juega con el espacio. En Gruppen, Carré y Momente usa tres o cuatro orquestas y coros colocados entre sí a distancias que facilitan nuevas combinaciones sonoras.
          Mi disco predilecto es Stimmung, de 1968, cuyas seis voces he escuchado a todo volumen en un aula.
         También edita, desde 1963, varios textos. El “ladrón de patatas” que en la a dolescencia ve “la muerte patética de millares de heridos graves, de quemados por el fósforo, de cuerpos atrozmente mutilados” es ahora un adulto que habla del “recorrido infinitamente lento que va del hombre inconsciente al hombre consciente”. Y remacha: “Hay que saber que mi música tiene vínculos directos con esa evolución”.
        A partir de 1977 dedica todo su tiempo creativo a una ópera, Licht (1977-2003), que dura aproximadamente veinticinco horas. Se divide en siete partes correspondientes a los días de la semana, y cada personaje adopta tres formas: voz, instrumento, baile. Actualmente compone Klang, música para las veinticuatro horas del día.
        Con los escombros de su muro levanta una teoría musical. 


FRANCISCO JAVIER IRAZOKI
(Del libro “La nota rota”; Hiperión, 2009)


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