CICLO DE CINE AFRICANO: YO, UNA PERSONA, por Samuel Sebastian

viernes, febrero 27, 2015

Samuel Sebastian es un escritor y cineasta valenciano. Hijo de la pintora Ester Rodríguez Ro. Licenciado en Historia del Arte, obtuvo el premio extraordinario de licenciatura y después inició su tesis sobre los documentales de la guerra civil española y la memoria histórica. Igualmente, ha realizado el Máster de Guiones de la UIMP - Valencia.
Su trabajo como cineasta comenzó en 2005 con el rodaje de la película experimental El primer silencio (2006). Desde entonces ha alternado el rodaje de películas de ficción y documentales sociales con la realización videocreaciones y videoclips.
Sus películas han sido exhibidas en festivales de todo el mundo como, entre otros, el de Cusco (Perú); San Diego (Estados Unidos); La Paz (Bolivia); Rosario y Buenos Aires (Argentina); Lisboa (Portugal); Bilbao, Madrid, Sevilla, Córdoba, Barcelona y Valencia (España); Bolonia, Milán y Turín (Italia); París (Francia); Johannesburgo (Sudáfrica); Melbourne (Australia) o Daklah (Marruecos). Ha obtenido diversos reconocimientos como el de mejor documental español en el Festival de Madrid por La Moma (2007) o el de mejor documental valenciano de 2009 por Las migrantes (2009). También, obras como El primer silencio (2006), La Moma (2007), Las migrantes (2009) y varias de sus videocreaciones han sido proyectadas por diferentes canales de televisión.
En la actualidad, su documental La pausa dels morts (2011) ha sido proyectado en diferentes festivales internacionales y prepara un nuevo largometraje de ficción para 2012.
Como escritor ha obtenido diversos reconocimientos: finalista del premio internacional Pablo Rido por La ciudad de la luz (2005), segundo premio en el certamen La Nau - Universitat de València por Un invierno sin Vera (2006) y finalista del premio Isabel Cerdà de narrativa breve por Les cartes de Lilit. Ganó el XXXVII Premio Octubre de Teatro por Les habitacions tancades (2008).


YO, UNA PERSONA

Cuando el cine nació y se desarrolló en África se dio la paradoja de que los nativos no podían hacer uso de él, por eso para muchos investigadores el cine africano no nace hasta que los africanos pueden expresarse cinematográficamente con total libertad. Lo que existe hasta entonces no es más que una proyección más de la colonización, sin duda la más sutil, ya que no se ejerce una violencia física, simplemente se muestra a los africanos, en su mayoría analfabetos y sin acceso a una educación básica, una serie de películas en las que se justifica el sometimiento de la raza negra, inferior y servil, a la raza blanca, superior y dominante. Aunque siempre se trataba de documentales, el propósito era el de aleccionar a los africanos sobre su carácter subordinado, justificar la dominación colonial y la simplificación del continente: creación de fronteras rectilíneas, reducción del millar de tribus en unas decenas de países e imposición de lenguas coloniales o de lenguas tribales dominantes como el swahili. En realidad el cine se convirtió en el aparato perfecto de dominación, el poder de las imágenes ratificaba su hegemonía barriendo en unos minutos decenas de miles de años de cultura nativa en todo un continente que súbitamente se veía forzado a encontrar su identidad. Algunas de estas ideas implantadas durante el colonialismo aún permanecen en el imaginario de los africanos, por ejemplo, la idea de que los blancos y los negros poseen un origen diferente, cuando en realidad todos hemos sido negros alguna vez y, en lo más remoto de nuestros ancestros, todos provenimos de África.
Luego están las películas de blancos para blancos rodadas en África. ¿Quién no ha visto alguna vez alguna película de safaris en la que los negros se limitan portear las maletas y lanzar emboscadas a los guapísimos protagonistas blancos, cuando no hacen rituales de magia negra y amenazan con comérselos? Sería un insulto decir que eso es cine africano. Negros como fieles sirvientes que dan la vida por su amo, o despiadados asesinos caníbales, también como tontos ingenuos que necesitan siempre de las órdenes de un blanco que los guíe o simples objetos decorativos de la historia, más que nada por su pintoresco exotismo. Algunas de estas películas llegan hasta los años sesenta, por lo que sería bastante ingenuo pensar que Europa era un continente más civilizado después de la II Guerra Mundial que antes de ella.
No obstante, cuando los africanos aún no tenían la autorización para rodar películas, ya hubo algunos blancos que desafiaron el poder establecido explicando historias de la vida cotidiana de los nativos, su lucha por la supervivencia, la miseria en la que estaban sumergidos y el impacto de la colonización sobre ellos , como por ejemplo la explosión de las grandes ciudades y el nacimiento de los primeros suburbios en los que se acumulaban en muy poco tiempo inmensas bolsas de pobreza que aún subsisten hoy en día. Filmar estos temas era una provocación contra el poder colonial, un atentado que debía ser castigado, y así películas como África 50, Les statues meurent aussi o Yo, un negro, todas ellas filmadas en los años cincuenta, fueron prohibidas en Francia, la metrópolis, y en África solo podían verse de forma clandestina, mientras que sus directores, René Vaultier, Alain Resnais, Chris Marker y Jean Rouch fueron vetados en su país durante un tiempo.
Era evidente que todo tendría que terminar, que en algún momento los negros llegarían a poder filmar, que tendrían su propia voz, que nadie les tendría que decir qué es lo que habían de filmar ni cómo hacerlo y cuando ese momento llegó, los blancos fueron los primeros sorprendidos.