LA COLUMNA LITERARIA: ESTRABISMO, por M. Martínez Forega

viernes, enero 15, 2016

Manuel Martínez Forega (Molina de Aragón –Guadalajara-, 1952) es poeta, ensayista y traductor. Ha publicado una treintena de títulos de esas disciplinas. Con He roto el mar obtuvo el premio de poesía del Consejo Superior de Investigaciones Científicas en 1986, publicado en 1987 y cuya segunda edición apareció en 1993 en Prensas Universitarias de Zaragoza. En 2005 ganó el Internacional “Miguel Labordeta” con 333 días. Ademenos (2008), su último título de poemas, ha sido reciente finalista del Premio Nacional de la Crítica 2009. También se le otorgó en 2002 el Premio Europeo a la traducción por su versión de El legado de François Villon. Preparó la edición antológica 20 poetas aragoneses expuestos para la Exposición Internacional Zaragoza 2008, ha editado, introducido, anotado y coordinado Toda la luz del mundo. Minimal love poems de Ángel Guinda, texto traducido a todas las lenguas de la Comunidad Europea. Y ha traducido, introducido y anotado la única edición castellana canónica de Monsieur Teste de Paul Valéry, amén de dar a conocer en España a los poetas checos Josef Kostohryz y Frantisek Halas y la poesía del francés André Pieyre de Mandiargues. De vez en cuando, hace crítica literaria en la prensa periódica y, más asiduamente, practica el reportaje y el artículo de opinión en la revista especializada Jara y Sedal Pesca.
Fundó algunas colecciones de poesía como “La Gruta de las Palabras” de Prensas Universitarias de Zaragoza y “Cancana” y “Libros de Berna” de Lola Editorial; el ciclo “Poesía en el Campus” de la Universidad de Zaragoza también se encuentra en su haber. Fue el editor de la Revista Pasarela de Artes Plásticas.
(fotografía: Manuel M. Forega: Columna Villarroya).
ESTRABISMO

Se lee en el diario de los Goncourt: "En littérature, on ne fait bien que ce qu'on a vu ou souffert". Pero la literatura, sin impugnar la fe de los galos académicos, también intuye lo que ni sufre ni ve, y no tiene por qué hacerlo mal -la arrogancia es sólo coyuntural- quien desde la escritura la ensaya. Mi amiga Pilar Souto se mató en accidente de carretera el día 12 de octubre de 1989, el mismo día y aproximadamente a la misma hora que yo le escribía una carta que no leyó jamás: "A las seis, la tarde está presidida por una nostalgia nauseabunda, inevitable y fatal que la ingrata memoria emplaza con motivo de un suceso a la vez angustioso y seductor, pero que desconozco. La náusea es resultado de una inequívoca sensación de pérdida, porque la memoria actualiza un deseo cuya certeza y corporeización escapan a nuestra voluntad de consumación: la sed eterna, el eterno Tántalo tan dolorosamente cotidiano dentro del complejo sistema de afecciones y hechizos que oculta y sutilmente rige en definitiva nuestras emociones e infructuosamente pretendemos interpretar".

Recordaba a Sartre cuando escribía, aunque no fuese yo Roland ni mi situación la del hombre acorralado por unos asaltantes en el impasse Boyer de París. Pero sí advertí que en aquella trágica experiencia no vista ni sufrida encontraba, además del recuerdo de La nausée, la evidencia de una dilución: la Existencia, madre en otro tiempo arrogante y pretenciosa de su *ismo*, lo había perdido. Precisamente el existencialismo, que conviviera en mutua piedad con el desarrollo económico de posguerra, fue muerto por éste sin aquélla; dejó, sin embargo, un lastre sin mentor aparente. Heidegger suscribiría las palabras de los Goncourt, pero (no deja de ser una verdad esencial en mi fatal intuición?; )¿cómo sondear el arcano del espíritu humano en la muerte de Pilar?; ¿debo preocuparme verdaderamente por mi destino? Sartre me explicó muy bien el significado de la náusea; pero aquella dilución persiste porque el *ismo* romántico no sólo responde a la intuición con un *sí*, sino que encuentra en el albur el sentido auténtico de su destino. Su experiencia es azar, es el verdadero mentor omitido. Y J. P. Sartre, tan aromático y hermosamente estrábico, tuvo que saberlo; lo supo. Supo que existió, quizá más acertadamente, un Byron y un Larra (des)conocedores de su intuida fortuna.