
Lola López-Cózar quiso subir a un campanario y lo hizo gracias a una amiga que conocía quien tenía las llaves, cuando esta persona le preguntó quién era, sin dudarlo le respondió que nadie. Todos somos alguien, escuchó, y comenzó a disimular su nadie a falta de respuesta. Disimuló en las exposiciones colectivas e incluso en las individuales, disimuló en algún que otro premio que recogieron por ella, disimuló cuando le publicaron algunos libros, disimuló en muchos etcéteras.
Un día de agosto fue a visitar una ciudad donde le habían colocado en la fachada de una plaza una fotografía y un poema. Eran las tres y media de la tarde, no había ningún ser vivo en la calle. De repente, salidos de la nada, aparecieron un hombre y una mujer, se detuvieron ante su obra mientras él le decía a ella, <>. Lola comenzó a menguar en retirada lentamente, pero su acompañante se dirigió al hombre y le dijo bromeando, <>. Lola se dejó alcanzar para el saludo, escuchó sobre todo, no dijo nada interesante como hace cualquier alguien, dio las gracias sin más.
A partir de ese momento supo que no había nada que disimular, el señor del campanario se equivocó, hay nadies en el mundo, y Lola es uno más.
Palabras
verticales
Delante del ventanal se abre la luz,
detrás va la distancia de los años,
talados ya los ojos para mirar la
historia,
sellada desde antes,
mucho antes,
la boca que se inclina,
el verso que no quiere instalarse en el
tiempo.
La memoria aglutina la sedimentación
de las palabras verticales.
A cuchillo el magma
donde lo sólido se funde y se
confunde,
donde la densidad deja clara la herida,
deja claro el por qué aún no se
comprende.
Aún es nunca,
es un rictus,
una mueca,
las manos que protegen la cabeza,
la cabeza perdida entre las manos,
las manos que escudan parada y
movimiento.
Hacer,
seguir haciendo,
fusión sujeta al cráneo
y el dolor que se espera,
el que viene y no está,
aún,
aún es siempre,
un comentario apenas que disimula un
ángel,
un ángel con su infierno
trazando líneas rectas que concluyen
Ligamentos
Las palabras engarzadas van tejiendo
una imagen,
el volumen del querer estar,
el tacto que invalida la distancia.
Luego,
el tiempo hablará de errores,
de aciertos,
Los cimientos de la gratitud
se cosen con letras,
sensaciones,
se transforman en actos,
cotidianos y extraños al cincuenta por
ciento.
Somos narraciones ofreciendo la vida,
los días de después que,
ya fechados,
abarcan el plural,
diluyen la soledad donde querer es
fácil.
Después de todas las palabras
no hay nada que temer en el silencio
que acompaña las sombras,
que lee cada gesto contestando en
sonrisa,
esa línea que sube y se achina en los
ojos
para decir lo sé,
sin quebrar el sonido de la lluvia,
el canto de los pájaros,
las pisadas de fondo iluminando el
paso.
Y lo que cuenta es eso,
aunque el resto que venga ponga la
guardia,
el celo,
el sonido triste de otro tipo de
silencio.
¿Con
quién?
Qué parte de ti sabe obviar su
principio,
tomar el mío y escuchar.
Qué parte de mí sabe obviar su
principio,
tomar el tuyo y escuchar.
La cortesía,
que viene de sesgar o debería,
me hace pasar el quicio de la puerta,
avanzar y sentarme
junto a siete bocas hambrientas como
gritos.
Comer.
Reír.
Hablar.
Beber.
Y el aire dónde.
La boca expulsa,
traga,
argumenta,
miente,
bromea
y se defiende.
Beber.
Ver.
Ve.
Vete de aquí
donde lo que ocurre
sólo predica y se sujeta.
Importaciones
La mesa y sus
espacios indomables,
voces en el extremo
del oído,
golpes de fondo y
arandelas perdidas
de un contexto
pasado ya de rosca.
Diminutos pájaros
recorren este trozo de cielo
profundamente alto.
El azul es difícil
y el naranja no existe.
Se muestra el morado
sobre un negro gastado de mirarse,
pero no digo nada,
acaso no hay tiempo
de contemplar un cuerpo,
de confundir
lesiones con viejas soldaduras.
Todo es tan reciente
como la sangre justo cuando se para,
ahora, siempre
ahora,
en los diques que
retienen la percusión.
El mundo habla
idéntico rumor,
el sonido de fondo
del que me excluyo.
Distingo las
palabras como líneas tangentes.
Aquí y ahora las
presencias anómalas,
los discursos ajenos
donde no me
resguardo de toda mi extrañeza.
Se miden los
espacios donde la vida cabe
y los libros sobran
en el frío del hierro.
Nada sabes,
las muertes se
revelan de golpe todas juntas
y del dolor te pasas
al calor de las lámparas.
Se oye un qué tal
con medio pie en la
puerta
y la tristeza
expulsa un soplo inabarcable
para implorar la
marcha.
Todo lo cierto
acorrala la tarde
y la mentira encubre
la ficción del espacio,
las horas que sobran
y no tienes.
El sobrepeso avanza
con su halago redondo
y ya sabes después
lo que estira un insulto.
La deuda,
el error que cuenta
lo ocurrido,
la visión lateral
que deforma los hechos,
la explicación en
el puño cerrado
magulla los motivos
que no vienen al caso.
La vuelta atrás no
tiene otro camino
que el de pedir
disculpas con los ojos bien altos.
La vuelta atrás no
tiene otro modo
que el de cargar con
fuerza del equipaje antiguo,
que el de mirar cada
prenda y su etiqueta,
y saber el origen de
los daños.
Entre
paréntesis
La fuerza de cada latido,
no la cantidad,
fecha un ahora.
La edad del estar.
Ser es siempre.
Cuadrar los sinsentidos en los límites
de lo amorfo.
El miedo empuja,
por las aceras se oye
la velocidad de articulación de los
mañanas.
Al pasar lista
los asistentes levantan la mano,
un paisaje de brazos
agarrándose al aire,
cada día en el registro hay que anotar
faltas de permanencia.
El miedo detiene,
entre los árboles se escucha
la monótona repetición de los ayeres.
El pulso no sucede rítmico,
progresivo,
es la misma palpitación animándose en
GIF
que cae de la lista de asistencia,
que deja de acudir a su momento.
Cola
mordida
Sobre la cinta imparable la cajera gira
la muñeca,
extiende los dedos,
apresa,
pita,
suelta.
Todo se amontona.
Las manos exclaman su torpeza.
Las bolsas se comprimen como un
estómago arrugado.
No hay tiempo para las monedas,
mejor billete y cambio.
A qué tanta prisa,
hacia dónde escapamos.
Temática
del éxito
Escribir campos de amapolas,
la inclinación de la tierra en las
colinas,
la suavidad de la hierba mirada desde
lejos,
donde nunca piquen las ortigas.
Escribir temperatura ambiente,
el crujir de las ascuas en la noche
tranquila,
la dosis justa para querer por siempre.
Escribir los selfies que ocupan el
teléfono,
mandados como postales,
sin el sello en la lengua,
de ese paisaje privilegiado que se
habita,
la postura casual del día a día,
la timidez del ¿yo?, me muero de
vergüenza.
Escribir el mar salado,
el viento que señala las figuras,
los ojos que lubrica para inyectarles
vida.
Escribir oh sí, los besos, dos semanas
de amor
o un gato boca arriba.
Escribir soy,
partí,
avanzo,
llegaré
y puntos aprobativos.
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